El Pontífice comenzó su segunda jornada en Barcelona visitando el centro penitenciario de Can Brians 1, un recinto que alberga tanto a hombres como a mujeres en módulos separados. Fue puesto en funcionamiento en 1993 en la localidad de Sant Esteve Sesrovires.
En el centro penitenciario, el papa León XIV mantuvo un encuentro con cerca de setenta personas, entre internos, voluntarios y responsables de la pastoral penitenciaria, y pudo escuchar de primera mano los testimonios de mujeres que relataron las circunstancias que las llevaron a cometer una serie de delitos. Cada una de ellas tiene una historia especialmente dura. Fueron condenadas, pero el sistema busca que, a través de tratamientos psicológicos, el trabajo y la educación, puedan reinsertarse en la sociedad al finalizar sus condenas. «Nos da muchísima alegría porque aquí muchas veces nos sentimos olvidadas», expresó una de las internas.

En el auditorio, donde habitualmente se celebra la misa, el Santo Padre afirmó: «Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse, sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».
El Pontífice expresó estas palabras con profunda fuerza y emoción.
Cuando el director del centro le dio las gracias por su visita, el Papa respondió: «Todo ser humano es digno por el mero hecho de haber sido querido, creado y amado por Dios. No existe, pues, ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada».

El Santo Padre invitó a todos a «alzar la mirada»: «Cuando os venga la tentación de sentiros menos y penséis que no vale la pena seguir adelante, alzad vuestra mirada hacia Aquel que, a través de la presencia de tantas personas, nunca deja de mostraros su amor y cercanía».
Esta visita ha sido, sin duda, un auténtico «chute» de esperanza para las personas que están privadas de libertad.
Abadía de Montserrat
De la cárcel a la libertad. El Papa se desplazó en helicóptero hasta el centro espiritual de Cataluña, donde le esperaba la Virgen de Montserrat, conocida popularmente como la Moreneta, en el corazón de la Abadía de Montserrat. Según la tradición, cuando la imagen fue hallada en una cueva y se intentó trasladarla a Barcelona, se volvió tan pesada que interpretaron así su voluntad de quedarse para siempre en aquel lugar.
Las imponentes montañas que rodean el monasterio ejercen de guardianes naturales del santuario. Al contemplar un paisaje de semejante belleza resulta difícil no sentirse sobrecogido y reconocer, en el equilibrio de la naturaleza, la grandeza de la creación de Dios
El Papa ha participado en los actos festivos y eclesiásticos con motivo de la conmemoración del milenario del monasterio, en un encuentro marcado por la dimensión espiritual del lugar.
La celebración ha comenzado con una oración en la capilla del Santísimo, ante el Cristo del escultor Josep María Subirats, en un momento de recogimiento que ha subrayado el carácter contemplativo de la visita del Santo Padre.
«Estoy contento de poder venir a los pies de la Moreneta para encomendarle, lleno de confianza en su intercesión maternal, mi servicio petrino y la misión de la Iglesia en un mundo que clama pidiendo justicia y paz. Los muros de este recinto podrían narrarnos las innumerables historias de devoción, gratitud y esperanza que han contemplado a lo largo de los siglos en torno a la Mare de Déu de Montserrat y también han sido testigos de la sangre derramada por amor a Jesucristo», afirmó el Pontífice.
La celebración ha reunido a la comunidad benedictina y a diversas autoridades eclesiásticas y civiles, entre ellas el presidente de la Generalitat, Salvador Illa; el ministro de Transportes, Óscar Puente; y la ministra de Igualdad, en uno de los actos más destacados del milenario de la Abadía.
Posteriormente, tuvo lugar la bienvenida por parte del obispo de Sant Feliu de Llobregat, Xavier Gómez, y las palabras del abad de Montserrat, Manel Gasch. El obispo agradeció al Santo Padre su visita y la alegría de «recibirle en la santa montaña de Montserrat, donde el pueblo catalán y tantos peregrinos suben a encontrarse con el Señor Jesús bajo la mirada de la Moreneta».
Tras el rezo del Rosario, la celebración concluyó con el canto de la «Salve Regina» y la interpretación del tradicional himno «Virolai» por parte de la Escolanía de Montserrat, la escolanía en activo más antigua de Europa.
Finalmente, el Papa visitó el camarín de la Virgen en un momento de especial intensidad simbólica y devocional. Durante su intervención, animó a dejar a los pies de la Virgen «las corazas que han endurecido poco a poco el corazón, para que María nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias».
León XIV concluyó su intervención rezando en catalán la siguiente oración: «Que María, Madre de la Iglesia, nos oriente siempre hacia Jesús. Os invito a honrarla con estas palabras: De los catalanes siempre seréis la Princesa; de los españoles y del mundo entero, el amor. Decidnos: «Sois mi tesoro, yo soy vuestra madre, no temáis». Que así sea”.
Parroquia de San Agustín
El Papa no ha parado, ha empalmado un compromiso tras otro, así que a primera hora de la tarde, se ha reunido con las entidades de caridad y asistencia de la Archidiócesis de Barcelona en la parroquia de San Agustín. Esta iglesia, situada en El Raval, en el casco antiguo de Barcelona, está atendida por los padres agustinos.

Es un lugar donde se ayuda al prójimo, ubicado en un barrio donde la marginación y la inmigración son más palpables que en el resto de la ciudad. La mezcla de culturas hace que, paseando por sus calles, uno llegue a preguntarse en qué país o ciudad se encuentra. La iglesia elegida por el Papa es un «refugio» al que todos pueden acercarse con la convicción de que allí harán todo lo posible por ofrecerles ayuda.

En ese barrio multirracial, donde conviven personas pobres y vulnerables, un niño de seis años, Enzo, leyó ante el Papa unas preguntas de las que seguramente no era consciente de su enorme importancia, pero que, pronunciadas desde su mirada inocente, cobraban un significado aún mayor.
Son preguntas para las que muchas veces no encontramos respuesta y que todos nos hacemos ante el sufrimiento de tantas personas y ante nuestro propio sufrimiento. Enzo formuló al Pontífice algunas de las grandes cuestiones de la vida: «¿Desde pequeño quería ser Papa? ¿Por qué hay personas a las que les pasan cosas malas y a otras no? ¿De quién es la culpa? ¿Por qué hay tantas personas que viven en la calle? Nadie las ve, nadie las oye. ¿Cómo podemos ayudar si el mundo es tan grande? ¿Dios quiere que haya ricos y pobres? ¿Por qué hay tantos abuelos solos si son tan importantes? ¿Hay que perdonar siempre?».

León XIV respondió a todas ellas. Su intervención fue, en buena medida, una síntesis del mensaje que ha repetido desde su llegada a España. Habló de cómo, con el paso del tiempo, fue descubriendo que Jesús le llamaba a ser sacerdote. Por ello afirmó que «más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús».
También recordó que «Dios desea la felicidad de todos» y pidió que «no permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores y, aunque no sean nuestros abuelos, no permitamos que se sientan solos ni desprotegidos».

Reconoció igualmente que no es fácil encontrar una respuesta a la pregunta de por qué hay personas a las que les suceden cosas malas. Recordó que Nuestro Señor «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo y, sin embargo, fue crucificado». A través de su vida, explicó, nos muestra que, aunque exista el sufrimiento, «Él nunca abandona a ninguno de sus hijos».

En cuanto al perdón, explicó que perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien ni permitir que alguien siga haciendo daño. Tampoco significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. «Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón». Añadió además que «el cristiano, además de ser bondadoso y amable, ha de ser compasivo, amar sin interés y buscar el bien de los demás».
Tras asegurar que «Aquí me siento en casa», León XIV volvió a agradecer la acogida recibida. Fotos: Dr. G. Simon
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