Mira que la gente es cansina. Después de una semana, y cuando la presentadora Susana Griso y su marido, el ejecutivo Luis Enríquez, disfrutan de su luna de miel en su nueva casa de la Costa Brava -ya ni me acordaba de que la pareja había contraído matrimonio-, se sigue hablando de la guayabera color rosa fresa del empresario. Una prenda que, en el Caribe, forma parte de la indumentaria habitual del novio en las bodas celebradas en la playa; algo casi cotidiano
No estamos acostumbrados a verla por aquí y menos aún cuando la presentadora de Espejo Público, de Antena 3, apareció radiante con un romántico vestido boho de la firma catalana Cortana.
Mirando bien a la pareja, es cierto que, estéticamente, no terminaban de encajar. Quizá porque no estamos acostumbrados a ese tipo de indumentaria y, para muchos, más que un novio parecía un señor que acababa de levantarse de la cama y pasaba por allí.
Ellos, que según dicen no son de mosquearse, en esta ocasión se han sentido «incómodos» con tanta atención mediática por culpa de la dichosa guayabera. No sé si, después del disgusto que les ha dado, habrá pasado a mejor vida, aunque da lo mismo porque ellos siguen disfrutando de su viaje y pasando de todo.
Aunque yo me hago una pregunta, que igual ya tiene respuesta en algún medio: ¿Susana sabía que su novio iba a llevar ese conjuntito el día de su boda?
Y otra más: ¿y si fue precisamente la periodista quien le eligió el modelito para que estuviera cómodo porque… estaba muy enamorada?
Mirando las fotos de la pareja he retrocedido en el tiempo, a una época en la que tuve un novio brasileño que llevaba fatal eso de las vestimentas convencionales.

Veréis…
Era muy aficionado al fútbol, como buen brasileño; eso ya lo sabía. Después de un viaje a Brasil quedamos una noche para cenar. Él quería llevarme a un restaurante con bastante buena pinta.
Yo me puse monísima de la muerte porque estaba muy enamorada y fui a su encuentro.
Cuando lo vi pensé que había bajado a comprar tabaco y que luego subiría a cambiarse de ropa. Tampoco hacía falta que se arreglara mucho porque el chico estaba bastante… en fin… bastante bien.
Le dije que lo esperaba tomando un café mientras se cambiaba. Y va y me responde:
-No, si estou pronto…
Lo miro y pienso: ¡Madre mía!
Llevaba unas chanclas, un pantalón corto y una camiseta del Palmeiras -la Sociedade Esportiva Palmeiras, el club de São Paulo del que era seguidor desde pequeño-.
Yo no lo sabía.
Y pensé: «No nos dejan entrar en el restaurante ni de broma».
Pero aun así le pregunté:
-¿Vas a ir a cenar así?
Y él: -Sim.
Y yo… ¡vale! como estaba muy enamorada.

Fue épico.
El portero del restaurante nos echó una ojeada de arriba abajo como diciendo: «¿Pero estos dónde van?». Después me miró a mí y sonrió con cierta condescendencia.
Fue lo peor.
Pero, claro… yo estaba muy enamorada. Pensé que todo en la vida es una experiencia y que, total, por una vez…
Sí, sí… una vez. Eso os lo creéis vosotros.
Quedamos otro día.
Pensé: «Ya está. Ya ha estrenado el uniforme del Palmeiras; no creo que repita»
Por si acaso, y para curarme en salud, le propuse:
-Oye, ¿y si nos comemos unos bocadillos en cualquier terraza?
Y él me contestó:
-Não. Vou te levar a uma pizzaria que eu conheço e que é muito boa.
¿Otra vez? ¡Madre mía! Bueno… lo que tú quieras.
Llegó el día de la cita y descubrí que el Palmeiras tenía varias camisetas: verde y blanca, amarilla, blanca con detalles verdes…
Así que otra vez de cena con un «futbolista».
Entonces le dije, incluso buscándolo en Google para pronunciarlo bien:
-Não mais.
Y… todavía quedamos otro día.
Pero como el chico era muy polifacético, una tarde, al salir yo de un evento, me lo encontré vestido completamente de blanco, con un cinturón con los colores de la bandera brasileña.
Me esperaba para ir a dançar capoeira.
Yo, que soy arrítmica perdida, le dije que bailara él solo.
Aunque… estaba muy enamorada.
Al día siguiente mi madre me preguntó qué tal iba con «el chico brasileño».
Le respondí que fatal, que siempre iba disfrazado de algo. A ella nunca le hizo mucha gracia que saliera con «un extranjero», porque pensaba que «me iba a hacer algo malo».
Y le dije: -Mamá, malo, lo que se dice malo… exactamente no. Pero siempre se viste de futbolista.
Y va mi madre, que era casi tan de pueblo como San Isidro, y me suelta:
-Pero, Pepi, mujé, si al muchachito le gusta vestirse así…
Casi me caigo de la silla de la risa.
Era lo último que esperaba escuchar de ella.
Así que seguimos juntos porque… estaba muy enamorada.
El muchachito y yo estuvimos juntos algunos años. Pero, evidentemente, existían entre nosotros demasiadas diferencias y la relación acabó fracasando.
Y no precisamente porque la mayor parte del tiempo se vistiera de futbolista.
Todo esto viene a cuento porque la manera de presentarse en determinadas circunstancias puede ser un indicativo de ciertas diferencias de personalidad.
En el caso de Susana Griso, da la impresión de que lo dio todo para ese día. Se nota que preparó la boda con ilusión, que buscó el vestido, el peinado y el maquillaje para sentirse bellísima -que lo es-.
Mientras tanto, su marido parece, al menos por la ropa elegida, que tenía un poquito menos de interés en la puesta en escena… mostró bastante menos entusiasmo.
No significa nada por supuesto pero esa imagen puede dar a entender que existen diferencias entre ambos. Y no tiene por qué ser malo. No hace falta ser iguales para quererse. Lo importante es que esas diferencias se queden en los outfits, porque, si afectan a cuestiones más profundas, entonces sí podrían convertirse en un problema.
Les deseo a Susana y a Luis que sean muy felices. Para siempre… o, mejor dicho, durante muchísimo tiempo, porque lo de «para siempre» es un poco arriesgado.
Y, sobre todo, que cuando Susana vuelva a mirar las fotos de su boda dentro de unos años no piense:
-¡Vaya pinta…!
Y si lo piensa… Que sea porque estaba muy enamorada.
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