11 de junio de 2026

El cajón de Lady Pepa

Travel, Fashion, Beauty, Culture, Lifestyle… by María José Rasero

León XIV inaugura la Torre de Jesús; el sueño eterno de Gaudí toca al cielo (5.ª Jornada.1.ª parte). Barcelona

«Primero el amor, después la técnica». Lo dijo Gaudí, un genio, y nos lo ha repetido León XIV cada día en cada una de sus intervenciones: «amor, amor, amor»,  como un maestro cualquiera, como un padre afectuoso. También ha insistido en el perdón.

Pero si alguien nos dio una lección de amor, de aceptación, de perseverancia, de esfuerzo y de alegría fue Valentina, una niña invidente de nueve años, capaz de explicar al Pontífice, a los Reyes y al mundo, a través de sus manos y de una maqueta accesible, cómo era la Torre de Jesucristo. Fue capaz de demostrarnos que no hay barreras cuando existen voluntad e inteligencia. Toda una lección de corazón y de alegría que culminó cuando recibió de manos del Pontífice un rosario de regalo.

¡Ay, gracias, gracias! ¡Lo guardaré para siempre!

La Sagrada Familia es el proyecto milagroso que Gaudí concibió como un gran bosque de piedra y que sabía que no vería terminado porque, como él mismo decía, «mi cliente no tiene prisa«.  Así que «el Templo crecerá poco a poco, pero eso ha pasado siempre en todas las cosas que han de tener larga vida».

Su vida, sin embargo, no fue tan larga como cabía esperar. Falleció el 10 de junio de 1926, a los 73 años, tres días después de ser atropellado por un tranvía en las calles de Barcelona. Al ser confundido con un mendigo, tardaron en atenderlo. Durante esos tres días de agonía tuvo momentos en los que recobró la conciencia, pudo recibir la Eucaristía y, en su lecho de muerte, pronunció sus últimas palabras: «Amén. ¡Déu meu, Déu meu!»

La inauguración de la Torre de Jesucristo fue todo un espectáculo, grandioso y perfecto en su ejecución. La Sagrada Familia, con sus 172,5 metros de altura, es la iglesia más alta del mundo, aunque permanece por debajo de la montaña de Montjuïc, porque el arquitecto consideraba que ninguna obra humana debía superar a la creada por Dios.

La catedral, que seguirá en construcción, fue el sueño de un hombre único y especial, al que unos consideraban un genio y otros un loco, pero que fue capaz de proyectar uno de los monumentos más bellos del mundo.

Sin embargo, la Torre de Jesucristo, aunque sea la más próxima al cielo, no es una torre de Babel. Podría llegar a serlo si no somos capaces de hablar un mismo idioma, de seguir un mismo camino, de ayudarnos los unos a los otros y de utilizar la vida que Dios nos ha dado para ser ejemplo de justicia, equidad, amor y caridad.

El Papa fue recibido por Sus Majestades a las puertas de la basílica, junto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el presidente de la Generalitat, Salvador Illa; y un centenar de sacerdotes y obispos llegados de toda España y Europa. Unas 8.000 personas acompañaron al Pontífice en esta celebración.

El Papa, que se había cambiado de vestiduras, apareció con una casulla blanca y dorada que reflejaba la luz de las velas y de los focos que iluminaban el templo. Sus primeros pasos en el interior lo llevaron a orar ante la tumba de Gaudí, situada bajo el altar central, donde se celebró la misa. De fondo, un coro formado por un centenar de niños aportaba una atmósfera de voces angelicales.

Durante la celebración de la Eucaristía, el Papa insistió:

 «No podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar a inocentes. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria».

«La Sagrada Familia es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la Eucaristía» Y añadió: «Recordemos que la Cruz de Cristo, que corona esta basílica, es la cruz de los últimos que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán. Al admirar la Torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos».

Fue una ceremonia bellísima y emotiva, acompañada por sinfonías de música clásica y sacra, en las que el sonido del órgano se sucedía una pieza tras otra.

La celebración concluyó con la comunión de miles de personas. El cardenal Omella dirigió unas palabras al Papa para agradecerle nuevamente su visita a Barcelona y su deseo de ser una Iglesia abierta y acogedora. El Santo Padre impartió su bendición final:

«Tú, que iluminaste a tu siervo Antoni Gaudí para dejar las realidades de este mundo y buscar las del cielo, concédenos edificar en medio de los hombres la nueva Jerusalén de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor».

El Papa salió del templo y bendijo la Torre.

Comenzó entonces la fiesta laica. Desde una tarima situada en el exterior, Su Santidad, los Reyes, sentados frente a la fachada, contemplaron cómo cientos de escolanos salían del templo portando lámparas encendidas, creando una imagen mágica. Poco después, el edificio comenzó a iluminarse: primero la cruz, después la fachada y, a la derecha, en el cielo, cientos de drones recrearon el rostro de Gaudí, que parecía enviarnos el mismo mensaje que hoy sigue vigente: «Para hacer las cosas bien hace falta, en primer lugar, amor y, en segundo lugar, la técnica».

Una ceremonia visual de una belleza indescriptible que quedará para siempre en nuestras retinas y, sobre todo, en nuestro corazón. Como broche final, un castillo de fuegos artificiales envolvió el templo en un espectáculo de luz y color.

No sé si Gaudí terminará siendo beatificado. No sé si hizo algún milagro. Pero creo que merece ese reconocimiento porque un ser humano capaz de proyectar tanta belleza necesariamente tiene que estar muy cerca de Dios. Fotos: Manuel Queimadelos / Kike Rincón – EUROPA PRESS

 

 

Visitas: 2