La visita del Papa a Canarias ha dejado imágenes de cercanía, esperanza y compromiso con quienes sufren el drama de la migración y con quienes sufren las consecuencias de ella. Pero queda una pregunta sobre la que deberíamos reflexionar todos: ¿Seremos capaces de construir una sociedad más humana sin dejar a nadie atrás?
Un día mi madre nos dijo:
“Nos vamos a ir a vivir a Barcelona, porque tu padre vuelve de Alemania y no quiere vivir en el pueblo”. Así que nos iremos en cuanto termine el curso.
Faltaba muy poco, demasiado poco. “Mama, yo no me quiero ir del pueblo…” Me acostaba llorando y no dormía. Mi vida, tal como yo la entendía, se acabaría sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Tenía nueve años y medio.
Ese verano ya no me tiraría en la acera a mirar las estrellas; no volvería a mi colegio, no vería cada día a mis amiguitas, ni a mi tía, que vivía en la casa de al lado, ni a mi abuelita. ¿Cuándo volvería a estar con ella? Solo nos vendría a ver de vez en cuando.
En plenos preparativos, mi hermano se rompió una pierna y fue entonces cuando mi madre decidió que mi abuelita me llevara a Barcelona para que mi tía fuera preparando mi ingreso en algún colegio de la ciudad. Ella vendría en cuanto a mi hermano «le quitaran el yeso».

Y, casi sin darme cuenta, estaba sentada en un vagón de tren borreguero, con mi abuelita consolándome, camino de «una ciudad muy bonita que te va a gustar mucho».
Llegué a Barcelona, a la Estación de Francia, eran las once de la noche. Miré a mi alrededor y vi edificios oscuros. Todo era negro; para mí, feo. Yo venía de un pueblo blanco, luminoso, con ventanas llenas de macetas de geranios y jazmines. Fue un choque estético terrible. Me sentí morir. No quería estar allí; no me gustaba lo que veía.
Cogimos un taxi y, durante el trayecto, no podía ni hablar. Al llegar al barrio de Sants, el coche paró en una calle estrecha y oscura y mi abuelita, señalando un edificio antiguo, me dijo:
-“Mira, allí arriba viviremos”.
Y sí, vivimos allí arriba. Después de subir interminables escalones, llegamos a un piso de apenas cincuenta metros cuadrados que, un mes más tarde, compartimos dos familias -más la abuelita-: ocho personas en total.

Pasó el verano. Comenzó el curso y asistí por primera vez a mi nueva escuela. Desde que traspasé la puerta principal sentí que en aquel lugar sería una extraña. Mis compañeras de clase, en su mayoría, hablaban un idioma diferente que yo, de momento, no entendía. Mi entonación les parecía graciosa a algunas de ellas; otras me corregían y me preguntaban por qué usaba tal o cual palabra, habitual en mi entorno.

El vestido más bonito que tenía, y que mi madre me había puesto «para que estuviera guapa», a las otras niñas les parecía un vestido de muñeca. Mi padre me lo había traído de Alemania: era de gasa color celeste con lunares blancos y, sí, podía pasar por un disfraz de princesa. Además, yo era muy rubia y eso tampoco lo entendían muy bien, así que algunas niñas de cursos superiores me preguntaban de dónde era y si era alemana.

El día terminó y volví a casa llorando, diciéndole a mi madre que nunca más volvería a aquel colegio. Al día siguiente me acompañó ella; y al otro, y al otro, y al otro. Poco a poco intenté ser una más en un espacio que no me gustaba, pero que sería mi mundo a partir de entonces.
Me convertí, sin saberlo, en una migrante.
Pero mi historia es un cuento de hadas comparada con la de las personas que emigran desde África huyendo de la pobreza extrema, de las guerras y de la falta de oportunidades que las empujan a buscar un futuro mejor.
Es una contradicción, porque la mayoría de los migrantes que intentan acceder a Europa proceden de países con suficientes recursos para que su población pudiera vivir en condiciones dignas. África es rica en recursos naturales, pero también en gobernantes corruptos que se enriquecen vendiéndolos a multinacionales extranjeras para su explotación. La falta de reinversión es la que mantiene a gran parte de la población en condiciones de miseria.

De esas condiciones intentan huir y, para conseguirlo, se ponen en mano de las mafias que operan a lo largo de las rutas migratorias. Las Islas Canarias constituyen la principal vía de entrada marítima hacia España y Europa y una de las más mortíferas del mundo. Las mafias aprovechan la desesperación de la población para «ayudarla» a llegar a Europa.

El precio es muy alto, no solo en términos económicos. Muchos de los que intentan cruzar en patera o cayuco -pequeñas embarcaciones que no están preparadas para soportar grandes distancias ni para enfrentarse al fuerte oleaje y a los vientos- pierden la vida por falta de alimentos, de agua potable o simplemente porque naufragan durante el intento.
Canarias sigue viviendo cada día el drama de la migración y los sentimientos de su población se debaten entre la empatía y la saturación, lo que genera tensiones y una creciente sensación de abandono por parte del Gobierno.
El papa León XIV, conocedor de la situación de los migrantes en Canarias, ha querido mostrarles su apoyo y conocer de primera mano la realidad de la migración en un momento en que la Unión Europea ha endurecido su política migratoria, acelerando las expulsiones y promoviendo la creación de centros de deportación en terceros países fuera del bloque europeo.
Así que el Santo Padre, después de la calidez de su visita a Madrid, de los actos de inauguración y de la acogida del pueblo catalán -algo curiosos porque se caracteriza precisamente por su laicismo- y de los fastos en torno a la Torre de Jesucristo de Barcelona, ha culminado la tercera etapa de su viaje a España en las Islas Canarias, un archipiélago que nunca había visitado un Papa y que quedó pendiente para su antecesor, el papa Francisco.

La visita ha comenzado en el puerto de Arguineguín, donde le esperaban unas dos mil personas, muchas de ellas procedentes de las parroquias del sur de Fuerteventura. Allí ha sido recibido por el presidente del Gobierno el presidente de Canarias, el obispo de la Diócesis Canariense monseñor José Mazuelos, otras autoridades y representantes de los centros de acogida, de las principales organizaciones sociales que trabajan en el rescate de migrantes y de familias que han sido cobijadas, se han integrado y han rehecho sus vidas junto al resto de los canarios.
El muelle del puerto de Arguineguín, conocido durante la crisis migratoria de 2020 como «el puerto de la vergüenza», se hizo tristemente famoso porque en sus instalaciones pesqueras llegaron a hacinarse cerca de cuatro mil personas en plena pandemia de coronavirus.

Como expresó el presidente de Canarias, Fernando Clavijo: “No abuchearemos ni le tiraremos piedras a Sánchez por respeto al Papa”. Y añadió en RNE: “Nos hubiese gustado que el presidente Sánchez hubiese estado más presente en el fenómeno migratorio en Canarias a lo largo de estos años, no solo cuando viene el papa”.
La tragedia es más compleja de lo que parece porque los migrantes no son solo esas personas que, con sus testimonios, nos han roto el corazón. También están aquellos que, desde su desesperación y al no tener nada que perder, no quieren pasar por la red de acogida y se encuentran deambulando por las urbes debido a su propia decisión de no ingresar en ella.

Centenares de africanos malviven en las calles de Canarias tras rehusar alojarse en los campamentos por miedo a que los devuelvan a sus países. La mayoría son menores de edad que se niegan a abandonar la isla porque acceder a Europa puede implicar que terminen encerrados en un centro de menores o sean repatriados. Algunas de estas personas, con una actitud que dista mucho de ser agradecida, cometen desmanes y delitos, creando inseguridad y miedo entre los habitantes de diferentes zonas de la isla.
Y no digamos el problema que representa la reubicación, cuando los centros están llenos -como sucede la mayoría de las veces-, de estas personas en hoteles y zonas turísticas de Canarias como centros de primera acogida, una medida que ha generado un malestar generalizado. El sector considera que estas soluciones de emergencia chocan con la vocación turística de las islas y reclama alternativas. El malestar social es mucho más grave de lo que nos han dejado ver las “imágenes empáticas y caritativas” junto al papa
El Gobierno de Pedro Sánchez pone parches a su política migratoria y aparece en Canarias para ponerse una «medalla», acompañando al Pontífice. Sin embargo, no se ha reunido con las personas que podían reprocharle su falta de empatía, porque ha preferido cuidar su imagen de cara a la galería, que es lo que hace siempre como el «buen izquierdista que protege a las minorías desfavorecidas», mientras tiene abandonadas a las mayorías que lo necesitan. En este tema, como en tantos otros, su política parece estar dirigida a garantizar su permanencia en el Gobierno.
Y, por otro lado, ¿alguien se acuerda de cómo hace tres años los vecinos de La Palma perdieron sus hogares a consecuencia de la erupción del volcán? Pues, a fecha de hoy, más de cien familias afectadas continúan viviendo en soluciones provisionales, como casas contenedor y cabañas de madera. También hay que tenerlas en cuenta.
Todas estas problemáticas, que Su Santidad León XIV conoce perfectamente, podrían hacer parecer al Papa parcial en sus apreciaciones. Su discurso ha levantado polémica, pero el Santo Padre ha priorizado los derechos humanos y ha lanzado duros mensajes a la comunidad internacional, a la que ha instado a ir más allá del control fronterizo. En uno de sus mensajes afirmó: «Cada barca que llega no trae solo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido para que tantos hermanos tengan que arriesgar la muerte para buscar vida?».
A los migrantes también les ha dicho que la integración es “un camino de doble vía. Les pide activamente que aprendan el idioma, respeten las leyes del país de acogida y conozcan sus costumbres, evitando el aislamiento para lograr una convivencia real y activa. Todo ello es vital para impedir la creación de guetos o mundos paralelos”

Y, por supuesto, también ha reclamado soluciones, recordando que «Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas».
Ha visitado Las Palmas, La Laguna y Tenerife; se ha entrevistado con obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas y agentes de pastoral del archipiélago, así como con representantes de centros de acogida, de las principales instituciones y organizaciones sociales que trabajan en los servicios de rescate y con familias migrantes. No se ha dejado nada ni a nadie en el tintero.

En cada una de las ciudades e islas que ha visitado, y en las iglesias donde ha oficiado eucaristías, le han seguido miles de personas. Ha llenado campos de fútbol y estadios, se ha mostrado cercano, cariñoso y empático, y nos ha dejado un sinfín de mensajes: unos en forma de consejos, otros recordando las palabras de Jesús y otros como sugerencias, gestos e imágenes de una cercanía increíble que seguramente marcarán un antes y un después.
Los españoles, que somos así de folclóricos, por unos días le hemos convertido en una especie de «estrella de rock». Muchos han acudido a verlo por curiosidad; otros, porque conocían parte de las «letras de su música»; otros, porque como buenos voceros quedaba bien decir que habían estado viendo al Papa. Y también han estado los clásicos «cuñados», que hablan con autoridad sin saber de nada y que habrán tomado buena nota. Incluso en Barcelona alguno habrá acudido para intentar «ganar a Madrid» en cantidad de espectadores.
Sí, han sido miles los que le han aclamado, han encendido las linternas al caer la noche en medio de sus mensajes y han coreado su nombre, su música. Pero la cuestión es si, ahora que se ha marchado, seguirán comprando y escuchando sus «canciones».

En cuanto a mí, muchos años después comprendí que aquel miedo que sentí con solo nueve años era una forma muy pequeña de lo que experimentan millones de personas obligadas a abandonar su tierra. Yo cambié de pueblo y de idioma dentro de mi propio país; ellos dejan atrás su hogar, su familia y, en demasiadas ocasiones, arriesgan la vida en el camino.
Sí, realmente yo era y soy una migrante porque, de algún modo, “todos somos migrantes, todos somos peregrinos en camino hacia la patria celestial”. Ayudémonos a hacer de este viaje un lugar más humano para todos. Fotos: Bernabé Villalba Silva – Alejandro M. Barrosa / ACFI/EUROPA PRESS – Dicasterio per la Comunicazione – Ana Rodríguez -Eros R. Santana / EUROPA PRESS
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