25 de mayo de 2026

El cajón de Lady Pepa

Travel, Fashion, Beauty, Culture, Lifestyle… by María José Rasero

Steve McCurry, el fotógrafo que nos muestra el alma a través de una mirada

La retrospectiva ICONS, presentada en el Palau Martorell, reúne 150 imágenes de Steve McCurry, uno de los grandes maestros de la fotografía contemporánea. Un viaje emocional por guerras, culturas y rostros anónimos que demuestra que una gran fotografía no solo captura un instante: también revela el alma humana.

El Palau Martorell y Arthemisia presentan ICONS, la retrospectiva más espectacular y completa jamás realizada en Barcelona dedicada a Steve McCurry (Darby, Pensilvania, 1950), uno de los fotógrafos contemporáneos más reconocidos y famosos del mundo. A partir de un proyecto de Orion 57, con el apoyo de Moebius y comisariada por Biba Giacchetti en colaboración con el artista, la exposición podrá visitarse del 15 de mayo al 6 de septiembre de 2026.

La muestra reúne 150 obras maestras, entre ellas algunas de las instantáneas más icónicas de todos los tiempos, que nos guían a través de un viaje extraordinario por paisajes, rostros y escenas de la vida cotidiana.

Hacer fotografías en la actualidad podría parecer fácil. Ya ni siquiera es necesario cargar con equipos pesados, porque la fotografía digital resuelve gran parte de los problemas técnicos y nos permite captar imágenes de gran calidad con poco más que un terminal en el bolsillo. A ello se suman la accesibilidad, las facilidades en el transporte y las miles de plataformas que ofrecen galerías donde millones de usuarios suben sus propias fotos de lugares recónditos. Todo esto hace que perdamos de vista que una buena fotografía no consiste únicamente en captar, de manera mecánica, la belleza de un paisaje o de una persona a modo de recuerdo; eso lo hace cualquiera.

Lo que no hace todo el mundo es dotar a una imagen de corazón, de intención, de la emoción que provoca; de la luz que acentúa, matiza o da volumen a los colores; de la composición que dirige nuestra mirada hacia lo importante; o de la historia que nos sugiere con solo echar un vistazo. Conseguir que una fotografía conmueva, haga reflexionar y conecte con nosotros a través de su equilibrio y energía es algo que pueden realizar muy pocos.

Steve McCurry lo consigue gracias a una visión única. Sus escenas son tan perfectas, brillantes y poderosas que sentimos que podemos adentrarnos en ese fragmento del mundo que nos muestra a través de cientos de retratos tomados en China, Pakistán, Tíbet, Cuba, Líbano, Japón, Cachemira o Afganistán, porque es precisamente el mundo oriental el que más le inspira.

La exposición es un recorrido emocional a través de más de un centenar de miradas, cada cual más intensa, que nos observan con tal realismo que olvidamos sus rostros porque sentimos que, solo mirando sus ojos, podemos tocar su alma. Como dijo el propio fotógrafo: “Si esperas, la gente se olvidará de tu cámara y el alma se dejará ver”. Y esa fuerza de la mirada es la que ha sabido captar Steve McCurry a través de su objetivo para enseñar al mundo el abanico de personas diferentes -y, al mismo tiempo, iguales- que lo habitan.

Precisamente fue el icónico retrato de Sharbat Gula, conocida como La niña afgana, el que terminó ocupando la portada más célebre de National  Geographic en junio de 1985. La fotografía fue tomada cuando Sharbat tenía apenas doce años, en una escuela del campo de refugiados afganos de Nasir Bagh, en Pakistán, mientras McCurry realizaba un reportaje sobre la guerra de Afganistán. En aquel momento no imaginó que aquella imagen sería diferente al resto; de hecho, ni siquiera anotó el nombre de la niña.

Sin embargo, desde el primer instante aquella mirada llamó su atención. Curiosamente, fue la visión del entonces director de la revista, Bill Graves, junto con el editor gráfico, la que terminó eligiendo la fotografía por la composición cromática, la suavidad de la luz y, sobre todo, por la intensidad de aquellos ojos verdes y esa expresión entre sorprendida e inquieta.

La imagen dio la vuelta al mundo y hoy resulta difícil imaginar cómo Steve McCurry, trabajando con fotografía analógica, cámaras sin pantalla trasera y carretes de tan solo 36 fotografías, pudo realizar tantas obras maestras. Las imágenes se positivaban en papel y se revelaban mucho tiempo después, a veces meses más tarde, por lo que no se podían cometer errores técnicos. Esa incertidumbre obligaba a que cada toma fuera prácticamente perfecta.

No fue hasta casi dos décadas después cuando se conoció la identidad de la protagonista. Un equipo de National Geographic logró localizarla de nuevo tras diecisiete años. Había cambiado tanto que incluso fue necesaria la intervención de especialistas del FBI, que utilizaron tecnología de reconocimiento ocular para confirmar su identidad. Entonces volvió a ser fotografiada, esta vez convertida en una mujer cercana a los cuarenta años, madre de familia y marcada por una vida durísima. Sin embargo, allí seguían sus ojos, desafiando al mundo con la misma intensidad.

Pero la historia de Sharbat Gula es demasiado compleja para resumirla en unas líneas, así que volvamos al hombre que la convirtió, sin ella saberlo, en un símbolo universal.

El mundo se quedó pequeño para Steve McCurry, quien a lo largo de sus viajes por distintos continentes ha querido mostrar las realidades más vulnerables -civiles, comunidades afectadas por la guerra o situaciones de injusticia- alternándolas con imágenes de intensa espiritualidad: templos, silencios y momentos de meditación.

Los niños retratados por McCurry son víctimas inocentes de realidades que muchas veces ni siquiera comprenden, pero aun así son capaces de jugar con un arma o transformar un carro de combate abandonado en un espacio de juegos. Todo ello pone de manifiesto la extraña normalidad que puede aparecer entre la dureza del entorno y la resiliencia humana.

Tras recorrer el mundo, Steve McCurry ha llegado a la conclusión de que, en el fondo, a la mayoría de los seres humanos nos mueven las mismas inquietudes, sin importar el país al que pertenezcamos, la ropa que vistamos o la educación que hayamos recibido. Todos luchamos por sobrevivir mientras intentamos convertir nuestro entorno en el mejor mundo posible para nosotros y nuestras familias:

“Me interesan los puntos en común entre las personas de todo el mundo. Da igual si viven en China, Afganistán o Estados Unidos: nuestras vidas son más o menos similares. Todos trabajamos, tenemos amistades, compartimos comidas. (…) Después de tantos viajes y de haber conocido a tantas personas diversas y únicas en el trayecto, he encontrado un terreno común que nos unifica, por encima de las diferencias y conflictos que nos separan”.

Pero Steve McCurry no es solo un gran retratista. Su primera etapa estuvo marcada por el fotoperiodismo de guerra y por la documentación de sus víctimas. Fue uno de los pocos fotógrafos que retrató en directo la brutal invasión soviética de Afganistán, trabajo que le valió la Medalla de Oro Robert Capa, concedida a los fotoperiodistas que realizan el reportaje más arriesgado y comprometido del año.

Robert Capa dijo: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es que no te has acercado lo suficiente”. Y Steve McCurry, sin duda, se acercó. Estuvo allí, compartiendo el momento, porque como afirmó Sebastião Salgado: “La fotografía no puede cambiar la realidad, pero sí puede mostrarla”. Y McCurry la mostró en toda su crudeza.

Tras comenzar a trabajar para National Geographic, continuó viajando a países en conflicto, aunque poco a poco fue abandonando esa etapa para centrarse cada vez más en la fotografía de viajes y el retrato.

Durante el transcurso de su vida profesional ha recibido cuatro premios World Press Photo, dos premios Olivier Rebbot Memorial Award, un Premio Nacional de Fotógrafos de Prensa y, desde 2019, forma parte del Salón de la Fama de la International Photography Hall of Fame and Museum. Además, es miembro de la prestigiosa Magnum Photos desde 1986 y continúa recibiendo numerosos reconocimientos internacionales que avalan su trayectoria.

Pero detrás de todo genio suele existir alguna sombra y, en el caso de Steve McCurry, fue acusado de manipular digitalmente algunas de sus fotografías, algo considerado un «grave pecado» dentro del fotoperiodismo, donde la realidad no debería alterarse. Él se defendió afirmando que no se consideraba un periodista, sino un narrador de historias.

Y yo me pregunto: ¿de verdad, ante una obra tan inmensa y apasionante, un posible retoque puede devaluarla? Quizá quienes se permitieron esas críticas deberían intentar realizar un trabajo semejante y alcanzar resultados similares. Porque cualquiera que conozca mínimamente la fotografía reconocerá inmediatamente la enorme dificultad técnica y artística de su obra. Su valor profesional, desde luego, resulta incuestionable repasándolo de todas las maneras.

Diane Arbus afirmó: “Detrás de cada fotografía hay una historia, una emoción y una verdad que trascienden el tiempo”. Y no hay duda de que la obra de Steve McCurry perdurará mucho más allá de nuestra época. Fotos: Steven McCurry 

 

 

 

Visitas: 2