Han pasado unas semanas desde que vimos al papa León XIV y, afortunadamente para muchos, ha sido todo un descubrimiento. Hemos conocido a un hombre no solo intelectualmente preparado, sino también profundamente humano, empático y cercano; un pastor que ha insistido en la importancia de la caridad, del amor al prójimo, del amor a Dios y de la dignidad de toda persona. Con su humildad, siendo el sucesor de Pedro, se ha ganado el respeto de todos los que han querido escucharle.
Pero la Iglesia no son solo los cristianos, ni los templos, ni los feligreses, ni siquiera una organización jerárquica. La Iglesia es también una doctrina, unas enseñanzas, unas tradiciones y un legado moral que sobrevivido a través de los siglos.
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Jesús dijo a Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará». Sin embargo, la Iglesia vive hoy uno de sus momentos más difíciles. En un mundo en el que cada uno pretende establecer sus propias normas en función de intereses que tienen más que ver con el poder y la economía que con la santidad; en una sociedad donde nada parece inamovible, donde se aprueban leyes que no siempre buscan el bien común y donde lo transitorio y lo efímero se convierten en la medida de todas las cosas, no resulta extraño que muchos consideren que las enseñanzas religiosas están anticuadas y que habría que cambiarlas.
Porque, ¿qué es eso de tener que hacer sacrificios? ¿Qué es eso de aceptar límites a nuestras supuestas libertades? ¿Qué sentido tiene tener a Dios como guía espiritual, un Dios al que nunca hemos visto y que no tiene Instagram ni TikTok? ¿Qué significa tomar decisiones que no estén basadas exclusivamente en nuestro interés personal? ¿Qué es eso de priorizar en la vida la caridad, la compasión, el amor o la justicia? Para muchos, todo eso parece una ingenuidad. «¿Pero tú eres tonto o qué? ¿Quién es Dios para decirme lo que tengo que hacer?».
Y, además, basta con mirar a nuestro alrededor. ¿Dónde están esas personas que deberían servirnos de referencia con su comportamiento? ¿Dónde están esos hombres y mujeres en los que podamos mirarnos y querer reflejarnos? Cada vez es más difícil hallarlos.
Desgraciadamente, es difícil encontrar seres humanos que apliquen en su vida cotidiana los principios del Evangelio. Incluso quienes deberían ser un ejemplo por llevar una vida supuestamente intachable no siempre se comportan como cabría esperar. Con demasiada frecuencia prevalecen el egoísmo, el orgullo o la búsqueda del propio interés, cuando Dios nos lo puso sumamente fácil: nos invitó simplemente a vivir sus mandamientos.
También resulta casi una utopía pensar en una Iglesia plenamente unida, ayudándose unos a otros como miembros de un mismo cuerpo. La Iglesia católica está formada por infinidad de órdenes religiosas, congregaciones, institutos, movimientos y comunidades surgidas, muchas de ellas, tras el Concilio Vaticano II. Aunque todos reconocen la autoridad del Papa, cada uno posee sus propios superiores, su espiritualidad y sus normas de funcionamiento.
Basta recorrer la realidad de algunas de estas instituciones para comprobar hasta qué punto, en demasiadas ocasiones, el poder y el dinero parecen ocupar un lugar que nunca deberían haber ocupado. A veces da la impresión de que el amor a las personas queda relegado a un segundo plano, especialmente cuando quienes llaman a la puerta no poseen influencia ni riqueza.
Todos aspiran a la santidad, aunque por caminos muy distintos. Algunos consideran imprescindible preservar la celebración de la Santa Misa y de los sacramentos según la forma tradicional, rechazando la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II. Esa postura les ha llevado en algunos casos a mantener un duro enfrentamiento con Roma e incluso a situaciones de ruptura por desobediencia canónica. Sin embargo, la obediencia, cuando nace del amor a Dios, no debería entenderse como una imposición, sino como un acto de confianza. Jesús dijo: «El que me ama guardará mi palabra» .

Otros hacen hincapié en la santificación a través del trabajo bien hecho, aunque, en demasiadas ocasiones, el éxito, la influencia o los recursos económicos terminan adquiriendo todo el protagonismo.
Tal vez la verdadera santidad consista, ante todo, en vivir el amor, la caridad, la bondad y el respeto hacia todos los seres humanos; en desterrar el ego, la represión y las divisiones que establecen categorías entre las personas.
Dios no creó clases sociales. Para Él todos somos iguales. Las desigualdades y las barreras que separan a unos de otros no forman parte de su designio, sino de una sociedad construida por los hombres que, demasiado a menudo, limita el acceso de muchos a derechos esenciales.
Recorrer la historia de la Iglesia es comprobar que también ha atravesado épocas marcadas por la corrupción, el nepotismo y profundas crisis morales. Hubo momentos en los que la Santa Sede estuvo condicionada por intereses políticos y dinásticos, y en los que algunos papas fueron elegidos con el respaldo de reyes y poderosos más preocupados por conservar su influencia que por servir al Evangelio

En cuanto a los santos, la mayoría llevaron una vida ejemplar después de haber afrontado multitud de errores, pero supieron levantarse guiados por la fe. Sin embargo, incluso ese título tan honorífico que ostentan algunas personas puede entenderse como consecuencia de los servicios prestados a la Iglesia. Pero, si partimos de que nada sucede sin que Dios, Creador de todas las cosas, lo permita, también debemos aceptar que ocupan ese lugar por su voluntad y aunque podemos aprender de sus “virtudes” no necesariamente todo en ellos está destinado a ser imitado.
No, la Iglesia no es perfecta porque quienes la forman somos seres humanos imperfectos. Pero precisamente por eso deberíamos aspirar a encontrar en nuestro camino personas en quienes confiar, personas que no nos traicionen, que no traicionen la verdad con su comportamiento, personas coherentes que no pretendan enseñar unos valores que ellas mismas no viven porque no poseen..
Y, puesto que solo podemos responder de nuestra propia vida, procuremos ser nosotros ese ejemplo. Seamos espejos en los que otros puedan mirarse y descubrir que el ser humano aún no está del todo perdido; que todavía es posible vivir conforme al amor, la verdad y la esperanza que Cristo quiso enseñarnos. Fotos: imagen apertura copyright MJRasero
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