Aplaudo la decisión del ministro de inmigración australiano, Alex Hawke de expulsar al tenista Djokovic. Vivimos tiempos de pandemia, no sé si el virus ha sido producto de un ensayo, si las vacunas hacen más o menos efectos, si las farmacéuticas nos toman el pelo. Pero, lo que sí sabemos todos, es la cantidad de muertes que ha generado el virus y las esperanzas que tenemos de recobrar nuestra libertad total. La mayoría de nosotros intentamos colaborar en su extinción de las pocas maneras que sabemos, pero sobre todo, haciendo caso a las recomendaciones médicas para no contagiar a nuestros vecinos. Así que si hay que vacunarse uno se vacuna, si hay que lanzarse en paracaídas uno se tira y si hay que chupársela a un chimpancé uno se la chupa, porque lo importante es el beneficio de la mayoría y ahí tenemos que estar todos al pie del cañón.

La manera de entender la vida del tenista Djokovic es algo personal. Yo misma soy vegetariana y no por eso obligo a nadie a comer verduritas porque eso es una opción individual. Lo malo es cuando intentas que los demás sean como tú. Este señor conocía perfectamente los requisitos necesarios para entrar en Australia y poder competir en su Open, pero ha preferido montar un circo al pretender que las normas sanitarias de ese país se adapten a sus teorías. Debería haberse quedado en su casita jugando al parchís si no quería vacunarse, y no pretender que por el hecho de ser un deportista famoso las normas estipuladas no vayan con él, pero eso sí, que se apliquen a viajeros anónimos. Los hay chulitos.
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