12 de septiembre de 2026

El cajón de Lady Pepa

Travel, Fashion, Beauty, Culture, Lifestyle… by María José Rasero

No me hables de soledad

El otro día, una persona que conozco bien, muy bien, me decía que se sentía terriblemente sola. Le he dicho que no la entiendo y que no me lo creía, porque me lo decía sonriendo y ella es, aparentemente, el paradigma de la felicidad. Se relaciona bien, tiene muchas cosas materiales, esas cosas que, teóricamente, te hacen feliz. Por tener, tiene incluso un trato “directo” con Jesús, va a Misa y es una persona de fe que, yo creía, aceptaba los contratiempos de la vida como algo inevitable que nos ayuda a crecer.

Ha sido toda una sorpresa. Porque no transmite infelicidad en absoluto y, sin embargo, mirándole a los ojos, la he visto triste, realmente triste… Quizás esa felicidad que aparenta no es tan real. Nos engaña. Hay personas que tienen la capacidad de disimular sus emociones y nunca sabemos a ciencia cierta lo que pasa en su interior.

Pero yo sí le he mentido cuando le he dicho que no la entendía y, sin embargo, he tenido ese sentimiento más veces de las que me hubiera gustado. He sufrido ese desasosiego, ese nudo en la garganta, esa especie de ahogo que nos oprime el corazón… Y que, por más que la gente con la que nos relacionamos nos diga que tenemos mucha suerte porque nuestra vida es maravillosa, no nos sirve.

Y nos comparamos con personas que viven en la indigencia, tiradas en cualquier esquina, a las que la gente ni quiere ver porque, ante la impotencia de ayudarles, les negamos hasta la mirada. Porque mirarles a los ojos hace que veas que, debajo de ese aspecto de dejadez, hay un ser humano sufriendo, con un corazón roto.

Claro que sí, tenemos “todo”, así que deberíamos ser felices. Pero, sin embargo, nos sentimos solos. Ese sentimiento se puede dar cuando estamos rodeados de gente o en pareja y depende de muchos factores que pueden tener un impacto negativo en nuestro estado de ánimo, como la pérdida de seres queridos y un largo etcétera.

Porque no siempre tenemos un círculo de personas en quien apoyarnos, que nos quiera de verdad, que quiera nuestra felicidad y no coarte nuestra libertad y que haga que, con cada decisión que tomamos, tengamos miedo de perder su apoyo emocional. O con quien compartir intereses.

Así que, como nos empeñamos en no aceptar la vida que hemos venido a vivir, nos rebelamos y, en ese no querer aceptar, repasamos nuestro presente, lo miramos con una lupa inmensa para convencernos de que realmente tenemos todos los motivos del mundo para estar tristes…

 Y, si no encontramos la causa, decidimos mirar hacia atrás y pensar que solo en el pasado fuimos felices, porque el presente es incierto y el futuro ni se sabe y “ya no tengo ganas de luchar”… ¡Qué rollo!

Así que nos aferramos a ese pasado que tenemos idealizado porque: “Como esa época, esa persona, ese trabajo… nada será igual”.

Vaya, pero me estaba olvidando de mi amiga:

—¿Por qué te sientes sola? ¿Qué te pasa?

Y me lo dijo…

—Es que hay un hombre…

—¡Valeee! Tenía que ser eso. Un hombre, claro…

—Sí, podemos aceptar problemas laborales, tener más o menos dinero, ser más o menos atractivos, estar más o menos sanos, pero no nos sentimos solos por eso. Pero con lo que no podemos es con el desamor… Lo que nos cuesta aceptar es querer sin que nos quieran y eso es complicado, aun estando Dios de por medio.

Se lo dije:

—Pero, si crees en Dios, entenderás que Él te da lo que cree que es bueno para ti, y eso que quieres, si no se ha dado, será que no te toca. Que a esa persona no le gustas, no está en tu misma frecuencia, no siente como tú…

Así que no me hables de soledad, porque la soledad es otra cosa. Háblame del dolor que te produce sentir amor por alguien que no lo siente por ti.

—¡Ya!

—Es que no es eso. Es que esta situación me ha hecho pensar en mis carencias, hasta qué punto pensaba que lo tenía todo controlado, que mi vida no dependía de ese sentimiento, ya sabes. Cuando me hablabais de vuestros éxitos y fracasos en el amor y yo os decía: “¡Qué suerte tengo! Doy gracias cada día por no sentir nada por nadie y así no tener que repetir lo que he sufrido con algunas experiencias”

—¿Y qué me decíais vosotras?

 —Hay cosas que no se pueden controlar. Si tienen que pasar, pasan, sencillamente…

—Así que estoy en eso. Tengo sensación de soledad, de alma, ese tipo de soledad que te hace sentir que no eres lo suficientemente buena para nadie.

 —Pero no es verdad. Eres encantadora, solo que tienes que tirar de esa frase tan manida, pero tan real: “Lo que no es para ti, ni aunque te pongas; y lo que es para ti, aunque te quites”.

—Ya, consuela mucho, pero…

—Nada, olvídalo y sigue riendo. No pierdas tu optimismo y alegría. Ya vendrá, si tiene que venir, alguien que esté en tu misma sincronía.

 —Esto de la sincronía te queda total…

—Es por la India…

—Ya sabes que yo creo en las energías, etc.

—Y si no existe una vibración compartida entre dos personas, ya puedes ponerte, que ni te ven.

—Pero te tengo que decir que no me gusta que hables de soledad. La soledad es otra cosa.

—Tú las tienes, aunque sean limitadas. Aunque no te puedas ir a hacer un viaje, te puedes comprar algunas cosas…

—Pero ¿para qué lo necesitas?

—No, mírate al espejo y dite a ti misma la verdad: tengo todo lo que necesito y una persona no puede hacer que deje de ser feliz. No cuando te quieren tantos y tantas.

 —Por cierto, ¿cómo sabes que no te quiere…?

—Por mil motivos.

—O por uno tan simple como que no le gusto, que no le he despertado ningún tipo de sentimiento y punto. Me lo ha demostrado con creces y, con lo “orgullosa” que soy, hay detalles que me cuesta perdonar.

—Pues entonces eres masoquista.

—Un poco.

—Cuando lo veas, mira para otro lado. Y, si no, no coincidas con él.

—Ah, no, no voy a cambiar mis costumbres… Además…

—Pues nada, ni lo mires si te resulta difícil…

—No, si cuando coincidimos no lo miro nada, pero…

—¿Pero qué…?

 —Pues que he leído en Google que, cuando no miras a alguien, se puede interpretar de mil maneras y ninguna me favorece.

—No lo mires. Es un consejo, porque dicen que ojos que no ven, corazón que no siente…

 —Hija, qué práctica eres…

—No, si es por evitarte sufrir… Y no quiero que vuelvas a sentirte sola jamás. Estamos contigo.

 —Sabes, tengo ganas de que algunas de nosotras, uno de estos días, podamos decir que hemos conocido a alguien y todo vaya bien, porque vaya temporadita… ¡Ah! Un día te explicaré algo, pero ahora no porque…

 —No, ahora no puede ser…

—Pero… yo también tengo mis sueños…

 Se me estaba ocurriendo que el tema no es sacar a familia y amigos o enamorados de nuestras vidas, sino darles el lugar que les corresponde, quitarles el poder que tienen sobre nosotros y que un día les dimos, en un momento en que estábamos débiles emocionalmente.

Y, por cierto:

¿Sabes que en el mundo una de cada seis personas sufre de soledad no deseada?

¿Por qué pasa?

Porque cada día las personas se relacionan menos. Han reemplazado la conexión real por la digital. Es difícil mantener una charla en un local porque la mayoría de las personas han perdido la costumbre de socializar. Por las calles caminan ensimismadas mirando el móvil, no se sacan los auriculares ni para dormir —supongo que para mantener relaciones con su pareja se los sacarán—

Es lamentable que nadie se plantee lo interesante que puede ser iniciar una conversación de manera casual con alguien… Ni siquiera podemos dar los buenos días o decir hola porque la gente anda desconectada de su entorno.

Es increíble que incluso en los clubes deportivos la gente tenga el móvil encendido e incluso haciendo ejercicio vaya mirando el teléfono y escribiendo mensajes.

Estamos empezando a parecer autómatas. Es frustrante y, sobre todo, aislante, porque ves cómo a la gente no le interesa el resto del mundo, solo su “mundo”. Foto: Copyright MJRasero

 

 

 

Visitas: 2