13 de julio de 2026

El cajón de Lady Pepa

Travel, Fashion, Beauty, Culture, Lifestyle… by María José Rasero

Bye Bye, influencers

Pues sí, todo cambia y los excesos suelen pagarse. El reinado de los supuestos prescriptores de moda está llegando a su fin, al menos tal y como lo hemos conocido hasta ahora. Las marcas se han cansado y ahora buscan verdad, autenticidad y transparencia. Han decidido dejar de lado las estrategias basadas únicamente en la popularidad de un grupo de presuntos influencers tras comprobar que, en muchos casos, su capacidad para influir en los hábitos de consumo es mucho menor de lo que aparentan. Mientras tanto, para ellos sí ha sido una actividad muy rentable a cambio de unos cuantos miles de «likes».

Han sido años de publicidad encubierta y de intentar vender prácticamente cualquier producto. Existen influencers de todo tipo y también para cualquier edad, aunque principalmente en temas relacionados con la moda y la belleza.

Resulta chocante ver cómo algunos autodenominados “líderes de opinión” dirigidos al sector de mayores de 60 años pretenden decirnos qué nos favorece o cómo debemos vestirnos. Y cabe preguntarse si, llegados a esta etapa de la vida, hay alguien que todavía no sabe lo que le favorece, cómo quiere vestir o qué peinado llevar. Más aún cuando lo que ofrecen muchos de estos supuestos prescriptores son looks clásicos, aburridos y sin ninguna gracia, que no invitan precisamente a ser imitados.

Mirándolo desde otro punto de vista, la sociedad tendría un serio problema si las mujeres de esa franja de edad no supiéramos lo que nos favorece, cómo queremos vestirnos o qué imagen deseamos proyectar. Personalmente, lo considero casi un insulto.

Muchos de estos supuestos profesionales, amparándose en el elevado número de seguidores que dicen tener, han disfrutado durante años de una auténtica vida de privilegios: viajes gratuitos, experiencias exclusivas, comidas pantagruélicas en restaurantes de prestigio y asientos preferentes en desfiles de moda.

En algunos casos, todo ello ha sido posible gracias a la picaresca. Muchos entran en tiendas de lujo como si fueran clientes, se fotografían en hoteles sin estar alojados en ellos o manipulan imágenes para aparentar que han sido invitados a eventos exclusivos. Incluso algunas acreditaciones o fotografías que muestran en primera fila de desfiles VIP han sido alteradas para hacer creer que asistieron como invitados cuando, en realidad, nunca fue así.

Las marcas quieren rejuvenecer sus audiencias y seguir vendiendo sus productos, pero ya no les bastan los «likes». Necesitan un impacto económico real y medible. Por esa razón están cambiando de estrategia, conscientes de que muchos perfiles con cientos de miles de seguidores esconden comunidades infladas artificialmente mediante la compra de seguidores o diferentes fórmulas para aumentar su visibilidad.

Una estrategia que continúa funcionando, especialmente en los sectores de la belleza y la moda de lujo, consiste en recurrir a los hijos de personajes famosos. Heredan parte de la notoriedad de sus padres y proyectan una imagen de glamour que atrae a miles de seguidores. Posan en los jardines de mansiones espectaculares, conducen vehículos de alta gama, viajan constantemente y asisten a eventos exclusivos. Exhiben un estatus que despierta admiración e incluso cierta envidia entre una parte de la audiencia.

Sin embargo, esta tendencia también plantea un debate ético. ¿Es justo que reciban tantas oportunidades únicamente por haber nacido en una familia conocida? En muchas ocasiones participan en campañas publicitarias junto a sus padres y su principal mérito profesional es, simplemente, ser hijos de personas famosas.

El cansancio del público hacia los influencers tradicionales responde a múltiples factores: el exceso de publicidad encubierta, la falta de autenticidad, las imágenes excesivamente editadas que proyectan vidas irreales y la constante exhibición de un lujo inalcanzable para la mayoría. Esa mercantilización de la vida cotidiana ha terminado provocando rechazo.

Por ello, las nuevas generaciones parecen sentirse más identificadas con los tiktokers, que han conquistado a millones de usuarios ofreciendo, al menos en apariencia, todo lo contrario: naturalidad, espontaneidad y cercanía.

Ellos han cambiado el mercado. Lo que comenzó siendo una plataforma de vídeos cortos relacionados con la música y el baile, especialmente durante el confinamiento provocado por la pandemia, se ha convertido en una inmensa pasarela global donde prácticamente todo puede promocionarse y venderse.

Incluso las grandes firmas de lujo utilizan hoy TikTok para llegar a audiencias masivas mediante retransmisiones de desfiles, colaboraciones y campañas específicas. La inmediatez de las redes sociales ha obligado a muchas marcas a lanzar colecciones cápsula y ediciones limitadas. Son pequeñas producciones que generan una sensación de novedad, exclusividad y urgencia, impulsando al consumidor a comprar antes de que desaparezcan.

Las redes sociales han cambiado nuestra manera de comunicarnos. Ya no son únicamente espacios para mantener el contacto con amigos, sino grandes plataformas de entretenimiento en las que pasamos horas consumiendo contenido de creadores, marcas y personajes públicos según nuestros intereses.

Esta enorme oferta digital ha creado un auténtico efecto refugio. Hasta el punto de que, en teoría, ya no sería necesario salir de casa: podemos comprar, entretenernos, estudiar, trabajar e incluso buscar pareja a través de una aplicación.

Afortunadamente, hay algo que ninguna tecnología podrá sustituir: el contacto humano. Relacionarnos cara a cara, mirarnos a los ojos, estrecharnos la mano, abrazarnos o percibir la energía que transmite la persona que tenemos delante.

Nos estamos aislando poco a poco y corremos el riesgo de convertirnos en una sociedad cada vez más individualista. Relacionarse exige tiempo, empatía, paciencia y también esfuerzo. Quizá hemos perdido de vista que ese contacto directo constituye una de las mayores riquezas del ser humano. La tecnología podrá sustituir muchas cosas, pero nunca podrá reemplazar la emoción de una conversación compartida frente a frente. Fotos: MJRasero

 

 

 

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