De todos es sabido que la falta de convivencia hace que tengamos una relación casi nula o distante con nuestros hijos y hasta con nuestras parejas. La rutina, esa rutina diaria que hace que, aunque nos crucemos por casa, apenas nos veamos.
Así que, en época de vacaciones, cuando nos encontramos en un espacio que habitualmente apenas compartimos y, por fin, estamos todos juntos, nos damos cuenta de que cada uno está creciendo en una dirección y que, ahora ya, apenas nos conocemos.
Sí, hay que ser realista. Pasa el tiempo y las personas cambiamos en algunos aspectos y, a veces, ni nos aproximamos a aquella persona que conocimos, de la que nos enamoramos y por la que nuestro corazón palpitaba hasta casi salirse del pecho. Y pasa el tiempo y no hacemos mucho para caminar al unísono. Nuestros intereses se separan y así…
Cuando al final del día volvemos a casa, cansados, pensando en mil historias que tienen que ver con nuestro día a día, apenas tenemos tiempo para compartir unas buenas noches, un «¿qué tal?» y un gesto que pretende aproximarse a un beso, pero sin sentimientos.
Le siguen un intercambio de preguntas sobre dónde están los hijos o el inevitable «¿qué vamos a cenar?».
Más tarde, si es posible, compartimos, hasta que se nos cae la cabeza de sueño, un poco de tiempo delante del televisor. Aunque, en realidad, ni lo miramos porque estamos centrados en nuestros móviles y en las tiernas historias de animales que circulan por las redes.
Los niños ni siquiera saben que existen algunos animales salvo los perros, los gatos, los pollos y los conejos, porque se los comen, y poco más. De los huevos, algunos incluso piensan que crecen en las estanterías de los supermercados.
O nos entretenemos con cualquier otra cosa creada por IA que, en algunos casos, nos derrite el corazón o nos acompleja, dada la perfección de los personajes, no solo estética, sino también moral, que protagonizan esas historias.
Y, sin querer, piensas.
Sentadas junto a nuestra pareja, sin apenas mirarnos. Y aunque nos gustaría que se volviera y nos escuchara, no se da. Se entretiene mirando el teléfono. Nosotras también.

Quisiéramos ser Kathleen Kelly, la protagonista de Tienes un e-mail, interpretada por Meg Ryan, y vivir esa historia de amor.
¿Con quién?
Los sueños, sueños son.
Pero… ¿y nuestra pareja? ¿Con quién habla?
Mejor no indagar, porque nos podríamos llevar sorpresas. Y es que el mundo de las redes sociales hace que muchos seres humanos se conviertan en infieles sin remedio.
«Porque la infidelidad no siempre empieza en una cama. A veces empieza en la cabeza.» Soñar con alguien, desear estar con alguien… eso también puede ser una forma de infidelidad
Te acercas cariñosa e intentas ser seductora.
Pero acabas de hacer la cena y él ni se da cuenta.
—¿Con quién hablas?
—Nada, con Fulanita, una compañera. Quedó algo pendiente de resolver en el despacho.
—¿En plenas vacaciones?
—Sí, sí. Tranqui. Tiene pareja. Pero fíjate qué fotaza ha puesto en Instagram…
Miras y ves a una mujer espectacular en bikini, posando como si estuviera diciendo: «Aquí estoy yo».
Y tú te miras de reojo en el reflejo de la puerta de un mueble, te comparas y te encuentras horrorosa. Y casi en un susurro te arriesgas a decir:
—Pero si no se parece en nada.
Y él: —Ya te digo yo que sí… Está buenísima.
—¿Cómo?
—No, si tienes razón con esto de los filtros…
Porque el problema es que en casa no existen filtros. Somos lo que somos, como somos. Lo que vivimos es lo que hemos creado y esa es nuestra realidad.
Pero ¿nos gusta?
Debería, porque en nuestras manos está cambiarla o seguir admirando irrealidades.
Y los hijos.
Los hijos también forman parte de esa «familia» en la que les dejan «a su rollo» porque «ya son mayorcitos» y no vamos a estar imponiendo reglas.
Con esa teoría basada en una supuesta libertad merecida, les permiten hacer lo que les da la gana para que les molesten lo menos posible en esta época «especial».
Bueno, en realidad, siempre hacen lo que les da la gana.
Total, las vacaciones pasan pronto, apenas unos días, y todo volverá a la rutina normal.
«Y aquí paz y después gloria».

Así que cuando una amiga con marido e hijos adolescentes monta una cena en su casa con un «grupo de amigos de los que hace tiempo que no nos vemos», hay que echar un ojo a todas sus redes sociales para ver por dónde van los tiros en esa «familia» y estar preparados para lo peor o para lo mejor.
Llega el día
—¡Hola! ¿Qué tal? ¡Buenas noches! Mua, mua, mua…
—¡Oye, ¡qué bien estás!
—Bueno, te han salido unas cuantas arruguitas… pero para la edad que tenemos estamos estupendas, ¿no?
¡Ya empezamos!
Y tú la miras y piensas: «Pues yo tendré arrugas, pero a esta, si la veo por la calle, no la reconozco. Se ha puesto de un fati…»
Y van llegando invitados.
Y aparece otra «amiga especial», de esas que cuando hablas con energía te dicen que «mi cerebro no puede procesar tantas palabras seguidas».
Y tú piensas: «¡Normal! Si eres funcionaria y enchufada, ¿Cómo vas a procesar algo? Y más trabajando donde trabajas…».
Es antipática donde las haya.
Y como no entiendes el mal rollito que se gasta, otra amiga «te explica» que su problema es que la pobre está enamorada de un «amigo de toda la vida» que nunca la ha elegido.
Y ahora parece que, como el hombre tiene contratiempos familiares, por fin lo tiene debajo de sus faldas. Y cuando se acerca cualquier mujer a su entorno, piensa que se lo van a quitar, así que se monta una biografía paralela y la deja fatal para eliminar competencia.
Él que no sabe lo que quiere hacer con su vida —el «defecto» queda amortiguado porque no es el único— y al que le encanta que le den la razón, se deja querer…
Saber lo que este hombre tiene en el cerebro es como una utopía, porque es un muro de hormigón armado… Eso sí, vestido con polo… porque siempre lleva polo. Invariablemente. Se ha debido de comprar todo un muestrario —menos mal que son de diferentes colores— para no tener que pensar.
Sin embargo, como se conocen desde siempre, encuentra en ella a su igual… ¡Cómo no le va a llevar la contraria!
¡Faltaría! Ya se la llevará cuando lo cace del todo… Miedo me da, por él más que nada.
Ni se plantea el cúmulo de virtudes que suma la muchacha. La lista que sigue a continuación es sin estudiarla a fondo, lo que se ve sin esfuerzo: sibilina, rígida, pesimista, manipuladora, fría, interesada…
La palabra empatía: «Però, això què és…?». No sabe que existe.
A ver, como todos tenemos algunas cualidades, en este caso lo dejo al gusto del consumidor: añadidle lo que queráis.
Lo tiene todo para salir huyendo, pero a él lo mira arrobada. Así que, si no se la ha quedado ya -que creemos que sí- y tiene intención de hacerlo, lo va a tener fino… la que le va a caer encima.
Ella, que es «»lista», ha conseguido ser la «única» en un entorno que se ha encargado de estrechar para que no entre ni el aire.

Pues vaya grupo que nos estamos juntando.
Y después de «hacerles un traje» a todos los que se nos han puesto a tiro, (ellos a nosotros también) creemos que vamos a cenar tan contentos.
Pues no.
Resulta que el pipiolo de la casa quiere presentarse a MasterChef y su madre ha querido que nos «sorprenda» con unos «platos espectaculares» que hay que comerse para no defraudar a tan excelso chef.
El padre ni prueba la comida, aunque lo apoya porque está convencido de que tiene en casa un Arguiñano en potencia.
Y tú lo miras a él y a su obra incomible con cara de circunstancias porque sigue sacando platos, casi en plan degustación.
Y es que no se cansa la criatura.
Cuando ya no puedo más, tiro de mi faceta de vegetariana radical y le digo:
—Oye, a mí tráeme los ingredientes en estado natural, sin cocinar, que me gusta todo crudito…
En fin… corramos un tupido velo por el menú y pasemos a los cafés, porque ahora viene lo mejor.
La «niña» adolescente está tremenda y apenas utiliza dos centímetros de ropa para ir a todas partes, con la excusa de que estamos en verano y que hay que enseñar carne.
Decide sorprendernos con una canción porque se va a presentar a los castings de La Voz.
Un detalle que no detecté cuando hice un barrido por sus redes.
Sus padres, encantados con su «niña», nos dicen:
—Ya veréis lo bien que lo hace.
Y yo:
—No, no, no… porfa.
La canción es un chapurreo de frases en inglés -ni nos enteramos del título- y, encima, intenta «ofendernos». Ser amigos de sus padres es sinónimo de carcas y, por supuesto, piensa que no nos enteramos de nada.
Improvisa cuatro palabras, nos regala una puesta en escena puramente sensual, y termina esperando los aplausos pertinentes.
No aplaudí, por supuesto.
Y me espetó:
—¿Qué te ha parecido?
La pregunta iba dirigida a mí porque quería que le facilitara el contacto de la productora que emite el programa… y, si de paso conocía a alguien…
Los hombres del grupo no perdían ripio. Mientras ella los miraba con ojos seductores, ellos disimulaban y pensaban:
«¡Madre mía! ¡Qué noche!».
No sabían hacia dónde mirar, porque la «niña» es como de la familia. Como la cosa se alargó, nos enteramos de que «la cantante» tenía otros proyectos por si le fallaba La Voz.
Y que lo tenía claro porque sus amigos le dicen:
—Tía, estás slaying.
Estaba decidida a ser influencer y se empeñó en montarnos un desfile de modelitos confeccionados con tan poca tela que más que influencer parecía empeñada en demostrar que, si le fallaba lo de líder de opinión había pensado en otras alternativas… nada, un trabajillo en algún portal de esos de “mientras menos más”.
Tenía a sus padres al lado, la mar de contentos.
Y les pregunto: —Pero ¿no iba a estudiar Medicina?
—¡Uff! Eso era el año pasado… Ha cambiado varias veces de profesión.
—¡Ah! ¿Qué pasa? ¿Que ahora lo que le interesa es «jugar a los médicos»?
—¡Ay, Pepi! ¡Cómo eres!
Pero vosotros, ¿no le insistís en lo importante que es estudiar? ¿No le recordáis el mundo tan competitivo con el que se tendrá que enfrentar ahí fuera?
¿No le aconsejáis que, para ser cantante o ejercer cualquier otra profesión artística, tiene que nacer con un don que después tendrá que acompañar con horas de esfuerzo y trabajo?
¿No le decís que los diseñadores que presentan colecciones con miles de modelos pensados para cada estación y hora del día lo hacen por algo? Que no es necesario ir enseñando el culo a todas horas y que la imagen que proyectamos también habla de nosotros.
Además, le habéis pagado los retoques estéticos, los maquillajes y todo lo necesario para que parezca una muñeca de Instagram. Y eso, al mes, es una pasta.

—¡Ah! No, de eso tiene la culpa Juls Janeiro, la hija de Jesulín, a la que sigue en las redes y a la que imita.
—¿De Ubrique?
—No fastidies…
—Es que tampoco podemos hacer mucho. No tenemos tiempo y pensamos que es mejor que tenga proyectos.
—¿A esto le llamáis proyectos?
—El proyecto de vivir del cuento…
—Mira, María José…
Cuando me llaman por mi nombre completo es que se están empezando a cabrear.
—Con el tiempo todo se aprende. Además, ahora, con tanto «aparatito», cantas sin saber cantar, pintas cuatro garabatos y dices que es abstracto del bueno, participas en un reality y te compras un piso con veinte años. Eres fea, bajita y paticorta y triunfas como modelo porque eres «una belleza diferente».
En fin… que como te dediques a estudiar y te saques quince doctorados en quince materias diferentes, no encuentras trabajo y encima te llaman gilipollas por esforzarte tanto.
-Que hagan lo que quieran mientras no pasen de una «mona» -ahora a la borrachera se le llama «atracón»- a la semana, nosotros tranquilos.
Da lo mismo. ¿Para qué van a matarse estudiando y aprendiendo modales si después ven cómo triunfan otros sin necesidad de todo eso?
—¿Te acuerdas de aquel futbolista de Mataró?
—¿Quién?
—Sí, mujer, ese de nombre raro. Lamine, no sé qué… Pero ya ves, va y se planta en un hotel de lujo, monta un pollo y tiene en danza durante horas a todo el personal porque no le gustaba cómo habían quedado los huevos…
—No me digas.
—Y los pobres camareros haciéndole reverencias en vez de darle una patada en el culo y mandarlo a paseo por maleducado. Y todo porque juega bien al fútbol.
Aquí lo que cuenta es tener dinero, no educación ni principios. Además, mandar a los niños a estudiar a Inglaterra es una pasta. Nosotros no somos Pedro Sánchez y Begoña, que mandan a su hija a estudiar a Londres y, se lo pagamos entre todos los españoles. Y no solo a ella, sino a los hijos de un montón de políticos de pacotilla.
—Y espera, que si con un poco de suerte van aprobando y llegan a la universidad, se pueden encontrar un profesor del estilo de Pablo Iglesias, Monedero o cualquiera de estos que, según tú, adaptan la historia a sus intereses. Y como les hagan mucho caso igual terminan enchironaos…
—Puede ser la leche. ¿Para qué tanto esfuerzo?
—Mira, ni su padre ni yo podemos con ellos y sabes que somos serios. Pero con los niños no hemos tenido suerte. No nos han salido deportistas ni nada por el estilo. A ellos les va la marcha y salir en la tele, así que…
—¿Y qué vais a hacer?
—Lo que tenemos claro es que no los echamos de casa ni con agua caliente. Mientras podamos mantenerlos, vivirán aquí de la sopa boba. Por eso apoyamos lo de la tele: a ver si tenemos suerte y se largan.
—Eso sí, son buenos chicos.
—Sí. La verdad… Si se van de fiesta y están tres días sin aparecer, nos llaman alguna vez.
—¿Y tu marido? ¿Qué dice? Porque está todo el tiempo con el móvil…
—Bueno… Él trabaja mucho. Muchas noches ni puede venir a dormir.
—¡Ya!
—¿Y tu matrimonio? ¿Qué tal?
—Muy bien… Bueno, no sé. Aunque mejor es no meneallo, porque tampoco nos podríamos separar. Con nuestros ingresos no podríamos pagar el alquiler de un piso.
—¿Y cómo terminó lo de la venezolana del año pasado?
—Superado. Jordi me pidió perdón, me dijo que tuvo un momento de debilidad y yo le perdoné.
—Un momento, lo que se dice un momento… Le duró más de un año.
—Ahora, cuando vuelvo del trabajo cansada, intento estar aparente. Ya sabes que una de las cosas que me reprocha es que en casa estaba siempre hecha un desastre.
—Pero, él también. Y antipático…
—¿Te ayuda?
—Es que tiene tanto trabajo…
—Quieres decir mirando el móvil…
—¡Mándalo a…!

—Y, por cierto, ¿sigues rezando y hablando con Dios como antes?
—¡Uff! ¡Qué va! Alguna vez… Pero es que los «niños» me dicen que les da cringe cuando digo que voy a misa.
—Dales una hostia…
Y hablando de hostias…
—¿Te has enterado de lo del peregrino que ha prendido fuego a un altar en Medjugorje?
—Sí… ¿Y?
—Pues que, después de lo que le ha pasado a nuestra amiga, de los peregrinos católicos practicantes puedes esperar cualquier cosa…
—¿Cómo está ella?
—Pues fatal, porque la han traicionado por triplicado, por lo menos, y encima se han cargado su reputación. Según le han explicado, dicen de ella auténticas barbaridades y, como a nadie le interesa la verdad…
—¿De dónde era ese grupo?
—Pues no sé, pero hablaban de Porsche y de fabada todo el rato, así que debían de ser de por ahí, de Asturias. ¡Oye!, que tengo entendido que, en general, son buena gente. Menos los de la peregrinación, ¡claro!
—¡Pobrecita! Parece increíble que lo de la estafa sea real.
—Es que es muy confiada. ¡A quién se le ocurre! Pero es que ella pensaba que la querían…
Sí, ¡joder! Pues vaya manera…
—Es triste.
—Sí.
—Y lo peor es que cree que la Virgen va a hacer justicia…
—Y un milagro…
¡Ya, ya!
—Lleva así unos cuantos años y todavía está esperando.
—Bueno… A veces pasa… Aunque me temo que se va a quedar esperando. Y no quiero ser descreída, pero… de eso se aprovechan los desalmados.
No quiere acordarse de lo mal que lo pasó en Medjugorje -como va de fuerte-, viendo cómo, después de engañarla, iban todos de místicos. Lo que más le choca es lo del rosario colgado en el pecho. Es como una burla directa hacia la Virgen.
Y encima la trataron fatal. Ni quisieron conocerla y ella, como no podía explicar nada porque confiaba en que, a la vuelta, se diera el “milagro”…
—¡Vaya prima! Y nunca mejor dicho.
—Y mira que la queremos, pero… Un poquito de mala leche le vendría genial.
—A nadie le importa saber la verdad… ¡Imagínate! Todos eran empresarios y directores de banco. Este último, súper amigo de los «listos», es el que va de más místico y el que, a su vez, les aconsejó cómo hacerlo para incrementar su patrimonio, como si ya no fueran lo bastante ricos, y todo a costa de traicionar la confianza de ella.
—El tema es de traca… No hay por dónde cogerlo. Si yo fuera ella, ponía un anuncio en un periódico explicando la movida, con fotos incluidas…
—Yo creo que Dios, en vez de tantas guerras y tantos terremotos, debería poner orden entre los miles que suben a verla a Medjugorje y, si me apuras, prohibirles que se pongan el rosario…
—Y encima dicen que a Medjugorje solo vas si la Virgen te invita… Pues a nuestra amiga todos sabemos quiénes la invitaron. Debía de ser para burlarse y decirle: «Mira, Virgen, cómo te las colamos».
—Hay que ver…
—¿Quién nos iba a decir que tú y yo nos íbamos a conocer rezando…?
Ja, ja, ja. Me encanta hablar contigo.

Le doy un beso. Y volviendo a los hijos
Sucede….
Hay padres que convierten a sus hijos en auténticos monstruos.
Pero… ¿son culpables?
No. No saben hacerlo de otra manera.
Porque no son felices.
Porque su lucha diaria hace que, aunque hayan traído a esos seres al mundo, no tengan la capacidad para educarlos.
Y quizá ahí esté el verdadero problema.
No basta con querer a nuestros hijos. Hay que tener tiempo para ellos, paciencia para escucharlos, saber ponerles límites y, sobre todo, ganas de enseñarles que la vida no es una pantalla, que no todo se consigue con un «like» y que el éxito no consiste en conseguir que los demás te miren.
Porque quizá los monstruos no nacen: los vamos fabricando poco a poco. Y muchas veces, sin darnos cuenta, somos nosotros, sus padres, quienes les enseñamos a convertirse en ellos.
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