La vida cotidiana nos plantea muchas luchas y mucha competencia a todos los niveles. Incluso en las relaciones de pareja aparece esa rivalidad: quién tiene el puesto profesional más importante, quién gana más dinero, quién tiene más éxito. Con el tiempo, esta competencia (que no debería existir en una relación basada en el amor) puede acabar destruyendo la pareja
Desgraciadamente, muchas veces funciona así. Y en gran parte es la propia sociedad la que nos empuja a competir constantemente. No hablo solo de tener el mejor puesto de trabajo o ser el más popular entre los amigos. Es algo más íntimo y más complejo, algo que tiene que ver con lo que el ambiente social nos transmite de forma casi subliminal.
Un ejemplo claro son las redes sociales. Antes solíamos fijarnos en los temas que la gente publicaba o en las fotos de sus viajes. Ahora ya no. Todos sabemos que cualquier imagen puede estar falseada. Podemos simular que ayer estábamos en Nueva York y mañana en las Maldivas, aunque en realidad estemos aburridos en casa. Pero lo importante es aparentar: exhibir poder económico, éxito social, belleza o tratamientos estéticos.
Hago un inciso: pocas cosas resultan más ridículas que ver a un supuesto influencer haciéndose un tratamiento estético gratuito y exhibiéndolo orgulloso en las redes. El resultado muchas veces es incluso nefasto, pero lo importante es aparecer en la foto.
Hoy en día, cualquiera que tenga un perfil en Instagram o en otra red social, y haya hecho una pequeña aparición en cualquier canal de televisión (aunque sea local) ya se siente un personaje. Y el problema no son solo ellos, sino también la gente que los idealiza automáticamente. Curiosamente, si enumeras tus títulos universitarios o tu formación, a nadie le interesa demasiado.
Tener seguidores es complicado. Por eso existen muchas empresas que los venden, y muchas personas dispuestas a comprarlos para sentirse admiradas.
Hay quien compra fans porque no es invitado a determinados eventos sociales. Otros falsifican invitaciones: hacen una foto de la tarjeta de un VIP colocado en primera fila, la manipulan, ponen su nombre y la cuelgan en Instagram para hacer creer que han sido invitados. Y mucha gente se lo cree.
También sucede algo curioso: perfiles de personas completamente anónimas pasan de tener mil seguidores a diez mil en poco tiempo, sin que haya ocurrido nada relevante en su vida.
La vida social que se muestra en Instagram en muchos casos puede estar completamente falseada. Hay personas que entran en una tienda o en un hotel, se hacen la foto correspondiente y luego la publican como si hubieran sido invitados por la empresa.
Después está la gente considerada “normal”, que imita a los influencers. Se cambia de ropa varias veces, se hace fotos sencillas y, de repente, aparece con setenta mil seguidores. Pero cuando miras cuántos “likes” reciben sus publicaciones, muchas veces esa información está oculta. ¿Por qué será?
La mayoría de la gente no es Cristiano Ronaldo. Somos personas corrientes. Muchos hemos llegado tarde a las redes sociales por edad o por falta de perspectiva sobre su importancia futura. Eso no les sucede a quienes han nacido prácticamente con un ordenador en la cuna y cuyo máximo sueño es convertirse en influencer.

No aspiran a una carrera que requiera años de esfuerzo y estudio, sino a algo rápido y aparentemente fácil. Con un poco de suerte, y algún contacto, se puede conseguir. Sobre todo si eres joven, atractivo o atractiva, estiloso, y empiezas a publicar fotos más o menos sugerentes, más o menos retocadas (la mayoría de las veces muy retocadas) porque la realidad no vende.
Mientras no te dejes ver demasiado en directo, los filtros hacen el resto. Y así puedes terminar recomendando productos mediocres disfrazados de calidad. Muchos jóvenes (y no tan jóvenes) confían en lo que ven, en lo que les recomiendan, por falta de personalidad, de no tener conocimiento y caen en ese juego, en beneficio de los tramposos.
El problema no es solo la falta de formación o de personalidad. El problema es que la sociedad ya no valora demasiado esas cosas. No importa si lees un libro a la semana o si tienes interés por comprender el mundo. Lo que importa es la imagen que proyectas.
Esa falta de erudición y de espíritu crítico tiene consecuencias. Permite que cualquier político mediocre pueda vender promesas vacías y que mucha gente las crea, simplemente porque no se ha tomado la molestia de conocer la historia de su propio país
Esto no ocurre solo aquí. Un actor me contaba que intentó introducirse en el ambiente cinematográfico de Miami. Nadie quiso ver su currículum ni sus películas. Solo le preguntaban cuántos followers tenía en redes sociales. Como los consideraron insuficientes, decidió volver a España.
¿Existe una fórmula para aumentar la audiencia? No realmente. Pero sí hay muchos consejos y muchas empresas que prometen adquirir mil, diez mil o incluso cincuenta mil seguidores rápidamente.
La realidad es que, si no los compras, no es fácil llegar a esas cifras. Con la ayuda de un especialista en redes sociales quizás puedas crecer algo más, pero alcanzar cantidades enormes de seguidores sin artimañas artificiales es complicado, por no decir imposible.
Por eso, quienes consumen contenido de influencers deberían preguntarse si realmente esas personas tienen tantos seguidores por la calidad de lo que hacen o por otros motivos.
Muchos de los que triunfan en ese sector ya eran famosos desde el principio, pertenecen a familias mediáticas o aprovecharon un momento en el que el mercado aún no estaba saturado.
Tal vez tendríamos que plantearnos competir de otra manera: En cultura, en esfuerzo, en empatía, en amor. Intentar ofrecer algo que tenga valor real. Quizá así llegue un día en que alguien mire tus publicaciones y no se fije en cuántos seguidores tienes, sino en la calidad de lo que dices y en los valores que transmites.
Deberíamos fijarnos en las personas que merecen ser imitadas por lo que son, no por lo que aparentan.
Sin embargo, la sociedad actual funciona de otra manera. La televisión, el cine, los medios y las fiestas se retroalimentan constantemente de personajes insustanciales cuyo único objetivo es sentirse admirados.
Ahí están muchos programas de televisión que convierten en famosos a jóvenes que han participado en realities como La Isla de las Tentaciones. Su mayor mérito es protagonizar infidelidades delante de las cámaras, algo que el público consume como si fuera entretenimiento. ¿Nos gustaría a nosotros que la persona que queremos nos fuera infiel delante de una cámara, se marcara un “edredoning” (o lo que es lo mismo mantener encuentros íntimos o caricias debajo de una sabanas para evitar ser visto, pero si oído), a ojos del mundo?
Lo peor es que cuando el programa termina, en lugar de desaparecer (muertos de vergüenza), muchos de ellos reciben nuevas oportunidades televisivas en otros programas como Gran Hermano o Supervivientes.
Ellos lo llaman “trabajar”. Pero ese trabajo consiste, muchas veces, en exhibir su vida privada o en protagonizar situaciones escandalosas delante de millones de espectadores.
Algunos incluso tienen antecedentes policiales y, aun así, terminan convertidos en referentes para jóvenes que los admiran y les regalan miles de “likes”.
Hace no tanto tiempo, comportarse de esa manera tenía un nombre bastante claro que consta de cuatro letras. Hoy, en cambio, parece formar parte de un currículum que abre puertas en televisión, aunque ¿solo en televisión?
Después recorren discotecas de toda España como si fueran héroes o heroínas y se «forran». Y uno no puede evitar preguntarse cómo se sienten cuando regresan a sus pueblos y se encuentran con sus vecinos, con sus familias, con sus padres o incluso con sus hijos.
Quizá el problema es que, para sentir vergüenza, primero habría que tener una base moral sólida. Y si la tuvieran, probablemente nunca habrían participado en ese tipo de programas.
Sin embargo, cuando vuelven a casa son recibidos como celebridades. Han salido en televisión, y eso parece suficiente. No importa cómo ni por qué. Lo importante es haber aparecido en la pantalla.
Ese es el mundo que hemos construido. Por supuesto, parte de la responsabilidad es de las cadenas de televisión, que cruzan muchas líneas rojas a cambio de audiencia. Pero también es responsabilidad de la educación que damos a nuestros hijos y de los valores que transmitimos.
Vivimos en una sociedad que, en demasiadas ocasiones, premia la banalidad, la ignorancia y la degradación moral. Y así es difícil cambiar las cosas. Porque en un mundo así, tener una vida honesta, ser amable, ayudar a los demás o mostrar empatía, a veces parece, para muchos, una señal de debilidad o de que te falta un hervor.
Una cualidad de la que se aprovechan, critican y se ríen a nuestras espaldas algunos desaprensivos que creíamos nuestros amigos, incluso miembros de nuestra familia… Cuando en realidad debería ser todo lo contrario.
Visitas: 4
Más historias
El misterio de caer mal sin motivo aparente
Volver a empezar vs. Volver a empezar
Cuaresma: Casi seis semanas para mirarse al espejo