28 de septiembre de 2026

El cajón de Lady Pepa

Travel, Fashion, Beauty, Culture, Lifestyle… by María José Rasero

Desconectar del mundo, no de mí

Tomarse unos días de vacaciones en contacto con la naturaleza es una buena decisión cuando nuestro espíritu está sobrecargado con las luchas cotidianas y los obstáculos que la vida pone en nuestro camino.

Por muy equilibrados que nos creamos, al final losretos diarios nos pasan factura de diferentes maneras, pero casi todas hacen que nuestro equilibrio mental se tambalee. Así que, llegado el momento, lo mejor es hacer un reset, como si nuestro cuerpo fuera un ordenador (que lo somos), y desconectar durante unos días.

Una buena opción es la paz que nos ofrece la naturaleza, con ese silencio roto por el sonido, apenas perceptible, del vaivén de las hojas al moverse en los árboles.

Por eso elegí un espacio bucólico donde dar largos paseos y sentirme en comunión con la naturaleza. Así que, nada más entrar en la habitación, decidí desconectar el teléfono y disfrutar de la calma que nos ofrece el campo.

Caminar en medio de un silencio al que no estoy acostumbrada se hace raro, así que mi mente está más activa que nunca y se dedica a fastidiarme haciendo un recorrido por lo que es y ha sido mi vida.

Y eso que le he dicho:

—¡Hey! ¿Para qué he venido a descansar?

 Pero ella sigue

Pasan las horas, regreso a la habitación y miro el teléfono apagado y me digo: «No lo cojo». Me doy un baño antes de bajar a cenar y, antes de cerrar la puerta, miro otra vez el teléfono y le digo:

—No te abro…

Y mi vista se desplaza al ordenador:

—A ti tampoco.

 

Después de cenar me siento en la terraza y miro el cielo, y allí está ella: la luna.Y cuando creo que no hay nada que pueda enturbiar ese momento de desconexión, de auténtica paz…¡Zas! Te pica un mosquito. En tres sitios… o tres mosquitos en un sitio cada uno… No lo sé, pero lo que sí sé es que la reacción alérgica, en segundos, ha cambiado la paz por el nerviosismo.

Y pienso que, con tanto preparativo, se me ha olvidado el repelente de insectos.

¡Vaya! Pero me digo que unos insignificantes insectos no pueden turbar ese momento especial, así que decido controlar el picor y seguir disfrutando de la luna. Pero las picaduras me están sumiendo en una sensación de desesperación que hace que regrese al interior del hotel en busca de un remedio urgente y rezo para que lo tengan.

Una vez resuelto el tema de las picaduras, me arriesgo a volver al exterior y, esta vez, me tiro en una tumbona. Allí, mirando el cielo, mi espíritu vuelve a recuperar la paz.

Ya en la habitación, él está allí… tentándome…

Lo miro desde lejos y le digo:

—No te abro… No, no, no…

Me levanto temprano y camino como una posesa. No hay sendero que se me resista. Hay un momento en el que no sé dónde estoy y pienso que tenía que haber dejado miguitas de pan por el camino, como Pulgarcito, y siento que soy totalmente “happy”, ahí estoy, en medio, rodeada de la nada.Y me digo:

«Qué lindo es el monte».

Y, de pronto, veo una piña en el suelo, casi oculta debajo de unas hojas.

¡Qué monas son las «piñitas»!

Anda, pues sí, hay muchas. ¡Qué bonitas!

Voy a llevarme unas cuantas de recuerdo.

Casi me llevo a la habitación medio bosque y, mientras les encontraba un sitio en la maleta, noté que el teléfono me llamaba. Según él, se estaba aburriendo con tanta inactividad.

Pero le dije:

—No te abro… No, no, no…

Que no, que no, que seguro que «el Sánchez» me da otro disgusto y la pobre gente de Ceuta sigue sufriendo a esos desalmados…

No, no debo, porque he venido a descansar.

Aunque, pensándolo bien, no sé si tanto descanso es para mí…

Pepi, tranqui. (Me ha salido como me llamaba mi madre. ¿Por qué será?)

Y decido hacer otra caminata y mirar las copas de los árboles, que parecen aproximarse al cielo…

¡Zas! Un tropezón.

Pero que no cunda el pánico porque yo he venido a «relajarme».

Bueno, veremos qué pasa con mi tobillo.

Y miro y veo una montañita, así como a lo lejos, y me digo:

—Anda, mira, ¡como cuando estuve en Medjugorje!

Pues allá voy yo…

Y subí.

No, no se me apareció la Virgen, pero casi. Uno de estos días…

Yo estaba feliz. Eso sí, me empezaba a doler el tobillo un mogollón.

Y en ese estado de supuesta «relajación» dejas pasar unas cuantas horas, incluso unos días.

Pero al tercero, después de oír algún trino lejano de algún pájaro que ha decidido hacerte un regalo —porque ahora ni los pájaros trinan—, después de mirar el cielo y pensar mil veces en qué habrá más allá de ese firmamento infinito, después de contemplar los árboles y decidir que tienes que plantar uno y de preguntarte, mirándolos con auténtica admiración, cómo es posible que luzcan tan frondosos y bellos solo con el agua de lluvia —con lo poco que llueve y sin regarlos—, después de mirar a tu alrededor y pensar qué bien decoró Dios este campo…

Y ya, en el atardecer, cuando el sol se pone entre los árboles y piensas que es como en una postal, decides regresar al hotel y sentarte un ratito en la terraza.

Como se aproxima el fin de semana, han llegado nuevos huéspedes. Entre ellos, una pareja que, entre risas y sorbo y sorbo de unas copas de cava, no paran de hacerse arrumacos.

¡Qué bonito es el amor! Pero mi mente, que con tanto descanso está más activa que nunca, me dice: «Demasiados arrumacos… Estos o hace poco que se conocen, o están recién casados, o son amantes, porque, si llevaran tiempo juntos, estarían mirando el móvil».

Y te arrepientes mucho por ser tan mal pensada y creer tan poco en el amor… (O quizás es en las personas).

 Y te centras en otra pareja, acompañada de tres hijos insufribles que, desde que han aparecido, han terminado con la paz del lugar.

Y me digo:

«Estos deben de ser unos padres “modernos”, de los que no ponen límites a sus hijos, así que crecen por “civilizar”».

Habría que decirles que dejen de berrear o de ensuciar los sillones poniendo los pies encima del tapizado con su calzado lleno de tierra, pero cualquiera se atreve. Seguro que los padres me dicen que no traumatice a los «pobres infantes» …

O sea, que para evitar conflictos hay que dejar que nos traumaticen ellos a nosotros.

Un desastre de padres…

Regreso a la habitación y, como no puedo más, enciendo el teléfono y me pongo a lanzar stories como una posesa.

No ha cambiado nada. Más bien ha empeorado.

Me mosqueo.

Veo un mensaje de alguien con quien tengo mínima relación porque no puedo perdonar sus acciones.

Y pienso en el perdón, en la poca capacidad que tenemos de perdonar a las personas que nos hacen daño y que, sin embargo, deberíamos poder hacerlo, porque, si no lo hacemos, tampoco nos perdonarán a nosotros.

Y como en la mayoría de las religiones se promueve el perdón, sobre todo en el cristianismo, donde es uno de los mandatos centrales de las enseñanzas de Jesús.

Pero…

¿Cómo conseguirlo?

Es un tema muy difícil para mí.

Y pienso en que hace poco se me acercó una persona que me tenía que devolver un libro y yo la traté con el mismo afecto que le había profesado en el pasado. Y, sin embargo, esa persona me ha hecho un daño que para mí es imperdonable.

Y me enfadé conmigo misma, porque pensé que no se lo merecía ni ella ni su entorno.

Porque, a veces, mantener alejadas de nosotros a las personas que han intentado hacernos pequeños es una manera de protegernos.

He vuelto a mi rutina, a seguir luchando, porque, en realidad, desconectar unos días está bien, pero no resuelve nuestros problemas.

Eso sí, ayuda a enfrentarlos desde otra perspectiva.

 

 

 

 

 

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