15 de enero de 2026

El cajón de Lady Pepa

Travel, Fashion, Beauty, Culture, Lifestyle… by María José Rasero

Sobre sentir, aceptar, amar, si Dios quiere…

Cómo empezar… Es difícil, porque cuando escribimos en un blog y pensamos que tal vez alguien nos lea, eso nos condiciona a la hora de plasmar nuestros sentimientos. Nos cuesta exponer lo que siente el corazón sin pensar en qué opinarán unos u otros y si eso nos beneficiará o nos perjudicará. Esto último suele ocurrir cuando nos atrevemos a hablar de situaciones en las que intervienen otras personas, aunque sea como meros figurantes: normalmente nos perjudica.

No estoy hablando de una nota de prensa que, en muchos casos, publicamos para complacer a gente que nos cae bien. Me pregunto si tenemos la capacidad de mirar en nuestro interior y reconocernos, aceptarnos, asumir nuestros aciertos y nuestros errores sin culpar a los demás de nuestras acciones.

¿Somos capaces de reconocer que el valor que otorgamos a personas de nuestro entorno está íntimamente relacionado con el filtro al que las sometemos a través de nuestras propias frustraciones, permitiéndonos adornarlas de “virtudes” que no se merecen?

Es difícil, porque cada uno de nosotros arrastra una “historia vital” que nos hace ver a los demás de una manera determinada. No existe, desgraciadamente, esa objetividad de la que deberíamos hacer gala. Todos creemos estar en posesión de la verdad, así que buscamos excusas más o menos convincentes que justifiquen comportamientos que, en tantas ocasiones, perjudican a otros.

No podemos negarlo: nuestra manera de actuar afecta a personas con las que ni siquiera nos relacionamos, pero que despiertan en nosotros -sin que sean culpables- sentimientos encontrados que hacen que se conviertan en nuestro punto de mira para bien o para mal; desgraciadamente, para mal.

Es fácil justificar nuestras acciones. Siempre está a mano decir “es la ley del karma”, o hablar del supuesto libre albedrío, esa pequeña parcela de nuestro destino de la que disponemos y que, siendo responsables, mal utilizamos en la mayoría de los casos.

Me vienen a la cabeza esas personas que tienen corazón solo como un órgano que les permite estar vivos, pero que no son capaces de acumular en su interior ni un poquito de cariño hacia los demás. Gente con actitudes hieráticas, distantes, frías, rígidas, incapaces de mostrar amor, calidez o sentimientos, en una época en la que, aunque parezca un mercadeo, mucha gente está especialmente sensible. Porque, al final, para todos -pero especialmente para los católicos- acaba de nacer un niño que, en poco tiempo, se supone que morirá por nosotros y nos demostrará ese amor que los seres humanos somos incapaces de ofrecer.

A estas alturas creo que todo el mundo sabe que voy a misa. Para la mayoría no dice mucho en mi favor (suerte tengo de vivir en España, porque en otros países podría convertirme en mártir fácilmente, aunque mejor no profundizar). Sin embargo, si dijera que paso las noches en varias discotecas tendría mucha más audiencia. Pero son opciones personales, así que no hago caso a quienes me sugieren que, en vez de escribir sobre esto aquí, lo haga en un diario.

Para mí cualquier lugar es bueno para hablar de sentimientos y emociones. Creo que quien me aprecie sabrá separar lo personal de lo profesional… o juntarlo, porque somos un todo.

Hace tiempo escribí un post sobre las monjas y sus vestiduras, en tono un poco jocoso pero respetuoso. Quería “modernizarlas”. Fue después de asistir a un desfile de moda en el que la diseñadora se había inspirado en ellas.

Ahora frecuento un convento con una iglesia preciosa donde viven siete monjas. Cuanto más las observo, más me olvido de cómo van vestidas y más admiro su vocación, esa capacidad de abdicar del mundo y dedicar su vida a Dios. Ahora sus hábitos me parecen hermosos, porque son una extensión de lo que transmiten. La mayoría son jóvenes; alguna mayor (a la que me dan ganas de achuchar). Sus ojos irradian paz. Son personas preparadas que han elegido libremente esta forma de vivir.

Durante la misa, algunas tocan el piano; otras hacen bouquets tan bellos que te las imaginas triunfando en el mundo como artistas. Seguro que esa aparente paz tiene que ver con su lucha diaria contra sus propios diablos -porque son humanas- o tal vez Dios, al dedicarle su vida, les haya otorgado su gracia y estén por encima de los deseos. Yo atribuyo su vocación a un don divino, no a algo que pueda decidirse si no estás “tocada” por Él.

La iglesia es realmente preciosa. Tengo debilidad por las iglesias, sobre todo desde que leí hace “miles” de años que los alquimistas medievales escondían en los muros de las catedrales góticas la Piedra Filosofal, esa legendaria sustancia capaz de transmutar el plomo en oro. Cuando se quemó la Catedral de Chartres, famosa por sus vitrales y sus misterios, pensé: “Mira que si encuentran una de esas piedras…”. ¿Os imagináis?

Y esta pequeña iglesia de un convento de clausura, para mí, es como una catedral. Es elegante, minimalista comparada con otras. Hay pocas imágenes en sus muros. Al entrar, a la derecha, cuelga una imagen de Jesús crucificado; a continuación, Santa Clara; enfrente, San Francisco de Asís; y casi a su lado, Jesús en todo su esplendor.

En el altar, otra imagen de Jesús crucificado. Y en estos días, a sus pies, Él mismo recién nacido, rodeado de pequeñas luces que parecen estrellas. En un rincón, un precioso pesebre. Y, muy cerca, la Virgen, observando desde su pedestal.

Somos pocos. Algunos días, muy pocos. Los domingos, alguno más. Pero están ellas, las capuchinas, que con su música, sus voces y su calidez llenan el recinto. El grupo es de lo más variado: personas solas, otras acompañadas de sus esposos (qué suerte compartir algo tan íntimo como la misa; dicen que es más importante que el romanticismo… yo uniría ambas cosas).

Pero también acude otro grupo, más homogéneo, cuyos rostros no transmiten nada, si acaso dureza y desdén. A veces esbozan una mueca que quiere ser sonrisa, pero casi no lo logran. Nadie mira a nadie, salvo en la paz, y de manera mecánica. No hace falta observar mucho para sentir que la mayoría no es feliz, que no pueden demostrar lo que parecen no saber que existe: amor. Apenas cubren los mínimos de cortesía entre seres humanos. Y podría parecer que rezan y rezan… o aparentan rezar, aunque, en algunas ocasiones, actúan como jueces implacables, pero acaso  ¿»no somos todos iguales ante Dios”? No lo sé; no lo parece para ellos… Quizás porque siguen unas consignas personales que les mantiene apegados a una supuesta superioridad que creen les da un «poder»  (que ellos mismos se han otorgado) y el dinero, (tan importante par ellos), que no a las enseñanzas únicas del Jefe Supremo.  

Y también estoy yo, que soy la viva imagen de la decepción.

Ni que decir tiene que Dios tiene trabajo en esta preciosa iglesia donde coincidimos un grupo de personas, cada una más compleja que la otra, que formamos un muestrario de lo que somos los seres humanos… y de lo que no deberíamos ser.

¿Cambiará algo en nosotros? ¿Seremos capaces de ser lo que no se lleva? ¿Seremos capaces de mostrarnos como somos realmente, sin miedo a ser juzgados? ¿De aceptar a los demás como seres singulares y no como creemos que deberían ser? ¿De valorar la confianza que otros depositan en nosotros, sin utilizarla después para juzgarles y hacerles daño? ¿De respetar a las personas por lo que son y no por lo que tienen?

Quizás en 2026 seamos capaces de todo esto y más… si Dios quiere. Fotos: MJR

 

 

 

Visitas: 7

Maria José Rasero periodista
Web |  + posts

El Cajón de Lady Pepa, es un espacio donde caben noticias de cualquier ámbito. En está página hablaré de temas que para mi sean interesantes al margen de si son o no actualidad. Es mi espacio, y quiero que sea un reflejo de lo que me apasiona, de lo que me molesta y lo que me sorprende. Me interesa la moda, me gustan los viajes, pero sobre todo admiro a las personas que con sus ideas e iniciativas ayudan a crear un mundo mejor.