¡Hogar, dulce hogar! «Home! Sweet Home!» una expresión que corresponde a una canción de la ópera “Clari, or the Maid of Milan” populariza en 1823 y que expresa la añoranza del hogar.
La mayoría de nosotros tenemos la suerte de tener una casa donde en estos días de invierno en los que el frío nos taladra nos refugiamos (pocos días, afortunadamente, porque tenemos la suerte de vivir en un clima templado). Encendemos la calefacción o el calefactor, o una pequeña y simple estufa, nos abrigamos y estamos a resguardo de las inclemencias del tiempo porque esas cuatro paredes nos proporcionan seguridad. Sí, que suerte tener una casa, no importan sus dimensiones, si es mas bonita o fea, si hemos podido decorarla mejor o peor porque lo único importante es que entre esas cuatro paredes podemos refugiarnos de nuestros temores…Y comida suficiente; nuestras necesidades básicas están cubiertas. Tal vez no contemos con grandes lujos, pero tenemos lo necesario para vivir.

Sin embargo, mientras disfrutamos de esos pequeños (o grandes, para muchas personas) placeres, a menudo no estamos satisfechos porque pensamos en todo lo que teóricamente nos falta. Puede que no podamos ir a restaurantes de renombre, pero comemos. Tal vez no tengamos ropa de última moda, pero nos vestimos y nos abrigamos.
Quizá no tengamos una familia que nos arrope en esos días de “invierno” en los que necesitamos un abrazo, pero tenemos amigos o conocidos cuya atención nos hace sentir queridos. Puede ser que no tengamos hijos y deseemos tenerlos, o cuando los tenemos apenas podemos ocuparnos de ellos. Quizás no seamos lo suficientemente guapos y queramos imitar a esas famosas “retocadas” que vemos en las fotos de Instagram, o pensemos que ya no somos lo bastante jóvenes y que no tenemos posibilidades…
Pero todas esas cuestiones que convertimos en necesidades imprescindibles para ser felices son, en realidad, un engaño. A veces la vida nos trata tan bien que, a falta de problemas, nos los creamos. Lo sabemos, y aun así no apreciamos lo que tenemos, porque el ser humano es insaciable: los ricos porque siempre quieren más (poder, dinero, a costa de lo que sea) y los pobres porque creen que deben ser ricos para ser felices.
Para mí, la felicidad depende de estar en paz, algo tan difícil… Para lograrlo, deberíamos alcanzar un acuerdo entre nuestra mente y sus razonamientos, y las emociones que nos dicta el corazón. Vivir en esa dualidad constante puede desequilibrarnos y afectar incluso nuestra salud.
Lo que parece improbable, pero que es posible
Ahora imaginad perder todo lo que poseéis, mucho o poco, porque en vuestro país estalla un conflicto armado, se violan los derechos humanos o ocurre una catástrofe natural. De la noche a la mañana os veis obligados a huir, a deambular, y termináis instalándoos en un campo de refugiados que, para algunos, puede ser la salvación.

Actualmente se estima que más de 114 millones de personas viven en asentamientos de larga duración, creados para acoger a quienes han huido de sus hogares por razones forzosas. La mayoría de las veces escapan de guerras provocadas por la ambición de poder o de riqueza de quienes gobiernan esos países. A muchos de ellos no les importa el sufrimiento de las personas, a las que consideran solo cifras, mientras procuran llenarse los bolsillos. Algunos líderes que desencadenan estos conflictos viven en grandes mansiones, rodeados de lujos y sin padecer ninguna carencia. Son personas sin conciencia, personajes indecentes que parecen disfrutar causando daño.
Pero lo seres humanos que pierden sus casas sus pertenencias que a duras penas a podido salvar su vida quedan a merced de condiciones climáticas extremas: frío, nieve, lluvias torrenciales; sin alimentos, sin abrigo para el frío polar o el calor sofocante; con cortes de electricidad (cuando la hay), viviendo en tiendas de campaña concebidas como solución temporal. Todo ello provoca que muchos mueran por las duras condiciones o por enfermedades derivadas de ellas. Y para muchas mujeres, lo más duro es no poder atender adecuadamente a sus hijos en un entorno donde la supervivencia es casi una heroicidad.
Deberíamos olvidarnos de nuestras falsas necesidades y ayudar, porque hay algo que las fronteras no pueden impedir: la solidaridad que podríamos enviar en forma de donaciones, en la medida de nuestras posibilidades. Pero sin olvidar que, además de los refugiados, también hay personas cerca de nosotros que necesitan cariño y apoyo. No sirve de nada presumir de caritativos enviando la ropa que nos sobra o el poco o mucho dinero que reunamos para campos de refugiados de distintos lugares del mundo, si ignoramos a quienes están a nuestro lado y también lo necesitan. La cuestión es repartir, ayudar de forma amplia y sincera.

ACNUR y la necesidad de tu ayuda
Organizaciones humanitarias como ACNUR (la Agencia de la ONU para los Refugiados) construyen alojamientos permanentes, facilitan educación para los jóvenes y proveen productos de primera necesidad: alimentación, gafas graduadas, calzado, ropa, atención médica, entre muchos otros. Pero para seguir haciéndolo necesitan recursos. Por eso es fundamental que ayudemos entre todos: primero a quienes pasan necesidades cerca de nosotros y, por supuesto, a quienes las sufren en cualquier parte del mundo. La elección depende de cada uno, pero lo importante es ayudar. Fotos: Redes Sociales de ACNUR
Únete hoy a ACNUR y descubre todo lo que es posible hacer gracias a tu apoyo.
Visitas: 3
El Cajón de Lady Pepa, es un espacio donde caben noticias de cualquier ámbito. En está página hablaré de temas que para mi sean interesantes al margen de si son o no actualidad. Es mi espacio, y quiero que sea un reflejo de lo que me apasiona, de lo que me molesta y lo que me sorprende. Me interesa la moda, me gustan los viajes, pero sobre todo admiro a las personas que con sus ideas e iniciativas ayudan a crear un mundo mejor.



Más historias
Por educación
El sueño de ser periodista
La historia de un Nobel, muchos amores y una familia que no olvida