Hoy es el Día Mundial de la Salud Mental. Cuando hablamos de salud mental, pensamos que nosotros no tenemos ese «problema», así que ponemos el foco en las personas que, imprudentemente, consideramos que están un poco «locas» …
Pero, desgraciadamente, muchos de nosotros tenemos problemas emocionales. Las estadísticas revelan que un 14 % de la población mundial tiene algún tipo de trastorno mental.
Sin embargo, nuestra tendencia natural es pensar que nosotros no tenemos nada de eso, que ese problema lo tendrán los demás, porque existe cierto prejuicio a la hora de hablar de salud mental y no queremos reconocer que, en algunas etapas de nuestra vida, necesitamos la ayuda de un psicólogo o un psiquiatra. Es cierto que algunos trastornos desaparecen por completo, pero otros no se curan o requieren tratamientos a largo plazo.
Y es que los problemas de salud mental no tienen una única causa. Son muchas las circunstancias de nuestra vida cotidiana que pueden provocarlos, aunque también pueden influir factores genéticos. Estos problemas pueden impedirnos conciliar el sueño o comer con normalidad, y hacernos sentir solos. Esas emociones pueden derivar en un llanto frecuente, casi siempre en la soledad de nuestra habitación, para que nadie se dé cuenta de nuestra tristeza. Entonces, achacamos ese estado de ánimo a problemas que, en muchos casos, nos generan otras personas, algo así como si el mundo estuviera en nuestra contra.

Este desánimo profundo puede deberse a una ruptura amorosa, a un ambiente familiar complicado que limita tu libertad y te hace creer que, si eres libre, los demás dejarán de quererte; a un trabajo que no nos gusta, pero que no podemos dejar, lo que nos hace sentir que no tenemos el control sobre nuestra vida ni sobre nuestras decisiones; a un jefe que nos infravalora y nos provoca frustración, o a amigos que, en vez de ser nuestro refugio, nos generan inseguridad porque nos juzgan e intentan amoldarnos a su conveniencia.
Una de las principales causas de sufrimiento es la pérdida de un ser querido, que nos deja huérfanos emocionalmente porque nuestra vida sentimental dependía de esa persona…
Muchos cometemos el error de poner nuestra vida en manos de otras personas, ya sea por amor, comodidad, inseguridad, dependencia económica, etc.
Y no digamos los fallecimientos provocados por desastres naturales o accidentes… Son situaciones inesperadas que cuesta aceptar y que hacen que jamás volvamos a ser la misma persona.
La ansiedad y la depresión son dos de los trastornos de salud mental más frecuentes. La depresión la sufren millones de personas en distintos grados, debido a una combinación de factores psicológicos, sociales y biológicos.
Es una enfermedad que conozco bien. Es difícil de gestionar, muy difícil. Porque, aunque el enfermo esté siendo tratado por el mejor de los psicólogos o psiquiatras y esté perfectamente atendido, la lentitud con la que avanza la enfermedad en muchos casos crea una sensación de impotencia terrible. El día a día es muy complicado y, por más que creas que estás haciendo lo imposible por ayudar a veces el cansancio se apodera de ti. Es un reto intentar que el enfermo no se dé cuenta de los sentimientos encontrados que te provoca, sin querer, su situación. Pero tú los conoces y puedes llegar a sentirte culpable y enfadarte contigo misma por no saber cómo lograr su mejoría.
Porque, a veces, cuando crees que todo empieza a funcionar, todo vuelve al punto de partida.
Solo se me ocurre explicar, no aconsejar, porque todos somos diferentes. Cuidar de personas con esta enfermedad, aunque sea complicado, implica hacerles sentir que las queremos, que no importa si están pasando por un mal momento, que estamos ahí para apoyarlas a todas horas.

Hay que estar muy pendientes de ellas y de sus necesidades; escucharlas cuando tengan ganas de hablar, consolarlas cuando tengan ganas de llorar, dejar que griten si lo necesitan y entender que se quejen del mundo, de Dios, y que le pregunten por qué las ha conducido a ese estado. A veces no hay un motivo aparente, pero en sus mentes siempre hay uno, varios o algún detonante aunque lo tengan todo y sean las personas más admiradas y queridas del mundo.
Y paciencia, mucha paciencia, cuando se conviertan en seres intratables… Ellas no pueden evitarlo.
Lo ven todo negro y parece imposible que puedan salir del agujero. Hay que intentar hacerles ver que ese estado puede mejorar, que no tienen por qué sentirse así para siempre y que pueden volver a empezar y ser felices.
¡Difícil misión para ellos y para quienes los cuidan!
Aunque, a veces, estas personas no son capaces de seguir adelante y se provocan un «accidente» o lo sufren sin más… Y dejan a quienes las quieren al borde del abismo.
Es entonces cuando tú también te conviertes en alguien con problemas emocionales y tienes que ser muy fuerte para entender que la vida nos pone en situaciones que no depende de nosotros arreglar. Tienes que tirar adelante, con ayuda médica cuando te la puedes permitir o cuando tienes acceso a ella, o sin ella.
Pero nunca debes quedarte en ese pozo al que las circunstancias vitales te han abocado, porque entonces te conviertes en un muerto en vida. Lo que no podemos hacer es repetir la historia que nos ha llevado al límite. Y, sobre todo, debemos pensar que nosotros tenemos mucho que ver en cómo se desarrolla nuestra vida, pero también existen factores ajenos a nuestra voluntad que no podemos controlar.
La sanidad pública, aunque incluye la salud mental entre las distintas patologías que atiende, no ofrece toda la atención que necesitan determinados pacientes.

Muchos médicos de atención primaria, cuando reciben a un paciente con un problema de salud mental, recurren inicialmente a la prescripción de antidepresivos, en lugar de derivarlo directamente a un especialista cuando la situación lo requiere. Independientemente del cuadro que presentes o de la intensidad del problema que expliques, en ocasiones, como solución rápida, te recetan este tipo de fármacos.
Es cierto que los antidepresivos pueden ser necesarios y beneficiosos para muchos pacientes, pero no siempre son suficientes por sí solos. El tratamiento debe adaptarse a cada persona y, en determinados casos, la medicación puede provocar efectos secundarios o dificultades cuando se intenta retirar. Si no se aborda adecuadamente el problema de fondo, el paciente puede volver a necesitar atención. Es como el ratón que se muerde la cola…
Es un largo peregrinaje. Primero acudes al médico de familia y, si pasado un tiempo (mucho, mucho, tiempo) no estás bien, te derivan a un psiquiatra o a un psicólogo, pero pueden pasar meses hasta que te atiendan. La saturación del servicio hace que entres a formar parte de listas de espera interminables que, en lugar de ayudar, pueden agravar el problema.
Eso sí, si estás trabajando, te gestionan la baja y, entonces, quien tiene un problema es también la persona o la empresa que te ha contratado, que no sabe cuándo podrá volver a contar contigo. Porque hay enfermedades como la ansiedad, la depresión o el estrés que son difíciles de cuantificar y, si encima no te atienden con asiduidad — veces, ni siquiera te atienden—, puedes permanecer de baja médica durante años.
Y si decides que no quieres tomar este tipo de medicamentos, puedes encontrarte con que te dicen que los pocos psicólogos son para atender a personas con enfermedades terminales y que las listas de espera dificultan recibir la ayuda que necesitas.

Y entonces es cuando te preguntas: ¿para qué necesita un psicólogo alguien que la va a «palmar»? ¿No será mejor utilizar los recursos para quienes todavía están a tiempo de salvarse?
En fin, son criterios, ¡claro! Pero, eso sí, intentemos dejarnos de «tonterías» y estar lo mejor posible de la «cabeza». Porque, si no podemos pagar un especialista privado, estamos fastidiados.
Y eso pasa por aceptar la vida como nos viene dada, con sus luces y sus sombras. Luchemos por ser lo más felices posible y, en los momentos de desconsuelo, pensemos que después vendrán otros de júbilo.
Y si confiamos en que eso es posible, porque deberíamos hacerlo, quizá encontremos fuerzas para seguir adelante. Porque, como dice esa conocida frase, «no hay medicina que cure lo que cura la felicidad» Fotos: Gobierno de Canarias
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