9 de marzo de 2026

El cajón de Lady Pepa

Travel, Fashion, Beauty, Culture, Lifestyle… by María José Rasero

El misterio de caer mal sin motivo aparente

Me preguntaba a mí misma por qué hay gente a la que caemos mal sin que exista ningún motivo aparente para que eso ocurra. Intentas ser amable, simpática, le muestras confianza explicando facetas y situaciones de tu vida y piensas que con esa persona tienes una conexión excelente, porque normalmente se muestra cordial. Sin embargo, llega un día en que te das cuenta de que, en realidad, te odian.

Y entonces te interrogas: ¿qué le he hecho? Repasas una y mil veces conversaciones, situaciones y todo lo que has vivido con esa persona y no encuentras justificaciones. Incluso te pones en su lugar y haces el ejercicio de escucharte a ti misma para detectar dónde pudo estar la ofensa. Y nada. Absolutamente nada.

Entonces, ¿cuál es el problema? No lo sabemos. No lo comprendemos. No acertamos a responder a ese “porqué” que martillea en nuestra mente y nos hace perder horas de nuestro tiempo. Hasta que decides que quizá has dado con una persona con problemas psicológicos a los que no puedes dar solución. Es entonces cuando, después de sopesar, repasar y valorar, llegas a la conclusión de que no eres responsable de ese comportamiento. Decides mandar a esas personas a freír monas y pasar a otra cosa: a otras personas con un comportamiento más sano y con las que, al menos, podemos mostrarnos como somos.

Pero la pregunta persiste para la mayoría. Ese “porqué” que no podemos evitar y que sufrimos, en muchos casos, por querer encajar.

Sin embargo, hay personas a las que las incoherencias ajenas no les afectan y lo atribuyen a que “les tienen envidia y quieren ser como ellos”, algo imposible porque todos somos singulares. Desde luego, es una manera práctica de entenderlo.

Pero ¿qué pasa cuando no crees tener nada envidiable? He buscado información y consultado las explicaciones de diferentes especialistas en psicología social y he recopilado algunas de las razones por las que, según parece, “caemos mal”.

Hay muchas más de las que yo pensaba. Por ejemplo, está la primera impresión. A veces nos presentan a alguien y, sin querer, le hacemos una ficha mental que no suele corresponder con la realidad. Pero si esa persona nos ha caído mal, es casi imposible retroceder.

Sigmund Freud, considerado el padre del psicoanálisis, tenía la teoría de que “la mente humana está en constante conflicto entre impulsos primitivos, la realidad y la moralidad”. Habló también de la proyección, es decir, de ver en otras personas facetas que son nuestras y que no aceptamos.

Cuando alguien se compara y esa comparación le hace sentirse inseguro, puede percibir al otro como una amenaza. Cualquier comentario lo interpreta con intenciones que no existen. El mensaje enviado no siempre es el mensaje recibido, como decía Virginia Satir.

Solomon Asch, pionero en psicología social, explicó cómo nos formamos opiniones de las personas en cuestión de segundos y, a partir de ahí, filtramos todo para confirmar esa primera impresión y convencernos de que tenemos razón y no estábamos equivocados.

A veces alguien decide que eres demasiado abierta o demasiado “cualquier cosa”, y no hay forma de cambiar esa opinión que, en muchos casos, les genera incomodidad. La incomodidad también puede surgir cuando te muestras demasiado libre para alguien que no se permite serlo. Demasiado auténtica para alguien que vive disfrazado. Demasiado segura para alguien que vive dudando.  Cuando eres joven de edad o de personalidad; cuando eres bella, estás delgada y, además, demuestras cierta madurez emocional. En ese punto, quizá ya te has ganado, como mínimo, un alto porcentaje de enemistad.

La coherencia y la capacidad de mostrarse sin filtros también pueden incomodar. Incluso la humildad, cuando alguien la interpreta como una pose. Sin querer, haces que el otro se cuestione su propia manera de estar en el mundo. Y, partiendo de esas premisas, la comparación suele ser terreno explosivo. “Tú eres aquello que haces, no aquello que dices que harás”, decía C. G. Jung.

Las relaciones son complejas porque no todos las vivimos con la misma intensidad. Nosotros podemos sentir una conexión real porque actuamos con transparencia, compartimos y nos implicamos. Pero al final descubrimos que la conexión no siempre es recíproca y que la otra persona puede estar fingiendo un interés que no siente, siendo amable por educación y no por vínculo, manteniendo una desconexión emocional. Y eso no solo es doloroso, sino también confuso.

Entonces, para caer bien a la gente, ¿cómo deberíamos ser? No lo sé. Pero sí sé que la envidia existe: hacia el éxito social, hacia el éxito material e incluso hacia la paz interior. Así que no caer bien puede ser inevitable. Siempre habrá personas a las que generes afinidad y otras a las que generes rechazo.

Según A. H. Maslow, los seres humanos necesitan amor y aceptación para evitar sentirse solos, aislados o deprimidos. También sostenía que “la gente no es mala, es infeliz”.

No, definitivamente no podemos caer bien a todo el mundo. Porque si intentas gustar a todos, dejas de ser tú. Y si eres tú, no gustas a todos.

No hay fórmula mágica. Lo único que podemos controlar es la coherencia entre lo que somos y lo que mostramos.

Que alguien nos odie sin un motivo claro no significa que hayamos cometido un error invisible. A veces, simplemente no encajas en su esquema mental. No vibras en su misma frecuencia (me encanta esta frase). Y eso no es un defecto; es una selección emocional.

Porque, seas como seas, siempre habrá quien busque mil y un defectos para criticarte y, si puede, apartarte de su entorno. Así que adelantémonos y digamos: “Si no te gusta mi energía, ahí tienes la puerta”. No todo el mundo está preparado para lo que somos. Y eso no nos obliga a convertirnos en algo más pequeño. La luz no es responsable de los ojos que prefieren la oscuridad

Vivamos. Y apartemos de nuestra vida a quienes solo encuentran satisfacción en hacer daño a los demás sin ser capaces de juzgarse a sí mismos.

Porque si traicionas a quien te dio su confianza, traicionas los cimientos de tu propia credibilidad como ser humano. 

 

 

 

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