Hasta al 28 de junio de 2026, el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), junto con el Institut Català de Recerca del Patrimoni Cultural (ICRPC-CERCA), presenta “Recuperado del enemigo. Los depósitos franquistas en el MNAC”, una exposición que revisa la propia historia del museo y la de unas obras marcadas por incautación durante la guerra.
Comisariada por Gemma Domènech i Casadevall, Eduard Caballé i Colom y Eduard Vallès -jefe de colecciones del MNAC-, la muestra nace con un objetivo claro: hacer un ejercicio de transparencia, de memoria y también de restitución.
La exhibición pública de estas piezas podría permitir que los descendientes de sus propietarios legítimos las reclamen.
La exposición reúne 135 obras, en su mayoría de autoría desconocida. Son las últimas que permanecen inscritas como depósitos del antiguo Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional (SDPAN), organismo creado tras la Guerra Civil para gestionar el patrimonio incautado. Entre 1990 y 2010 ya se restituyeron 19 piezas a sus dueños. Las que hoy se muestran conservan, en muchos casos, una etiqueta reveladora en sus bastidores: “Recuperado del enemigo”. Una expresión que simboliza la implantación manu militari de un nuevo orden político también en el ámbito artístico.

Durante la Guerra Civil, el entonces Museo de Arte de Cataluña se convirtió en uno de los principales depósitos de salvaguarda impulsados por la Generalitat para proteger obras amenazadas por la violencia revolucionaria surgida tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Con la derrota republicana, aquellos depósitos pasaron a manos de los vencedores, que reutilizaron el museo como centro de recepción, custodia y redistribución de bienes artísticos.
El resultado de ese doble papel -protección primero, administración franquista después- es el fondo que hoy conserva el MNAC y que ahora se revisa sin equívocos. Desde 2014, el museo ha profundizado en esta línea con la creación de salas permanentes dedicadas a la Guerra Civil, una apuesta que ha influido en su política de exposiciones temporales, en los programas públicos y en nuevas adquisiciones vinculadas a ese periodo.

Este tipo de conflicto entre poder, guerra y patrimonio no pertenece solo al pasado español. En la actualidad, por ejemplo, el patrimonio cultural de Ucrania ha sido gravemente afectado por la invasión rusa: miles de obras han sido saqueadas o destruidas.
Museos como el Museo Ivankiv fueron bombardeados, mientras que en ciudades ocupadas como Mariúpol (con más de 2.000 obras sustraídas) o Jersón se han expoliado colecciones enteras e incluso restos arqueológicos. Ante este riesgo casi inevitable, miles de piezas han sido evacuadas a lugares secretos o trasladadas temporalmente a museos del extranjero. La destrucción de los bienes culturales constituyen un ataque directo a la identidad nacional, ya que pretende borrar la memoria histórica y simbólica de un pueblo.
También en la Guerra Civil española ambos bandos atentaron contra el arte. En la zona republicana se produjo la quema indiscriminada de edificios religiosos y colecciones privadas consideradas símbolos del “arte enemigo”. El régimen franquista, por su parte, protagonizó saqueos y apropiación de obras maestras que pasaron a manos del nuevo gobierno.
¿Puede el arte ser enemigo de alguien? Evidentemente no. El arte no tiene ideología propia, pero puede ser utilizado con fines políticos. Ahí está el ejemplo del Guernica de Pablo Picasso, convertido en símbolo universal contra la brutalidad tras ser encargado por el gobierno de la República para el pabellón español en la Exposición Internacional de París de 1937.
Afortunadamente, muchas obras maestras sobrevivieron, fueron recuperadas y, en algunos casos, devueltas a sus auténticos propietarios. La exposición del MNAC no solo muestra piezas y responsabilidades históricas plantea una pregunta incómoda: cuando el poder etiqueta una obra como “enemiga”, qué memoria está intentando borrar realmente?
Porque el arte no es enemigo. Lo que sí puede serlo es el uso que se hace de él. Fotos: MNAC
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