Morir o vivir es la disyuntiva que nos planteamos en momentos de desesperación cuando pasamos una depresión porque según nuestra percepción la vida no nos ofrece lo que creemos que somos merecedores… Muchos le echan la culpa a Dios, porqué cómo es que viendo lo que estamos pasando lo permite, otros a los padres porque traen hijos al mundo y nos les ofrecen un entorno de cariño sino un ambiente disfuncional que no nos permite tener una personalidad equilibrada, que nos lanza al mundo buscando en cada persona, en cada situación amor, equilibro, aprobación porque no tenemos unos referentes claros … y no sabemos hacia dónde vamos. Otros culpan al destino o al karma o a la mala suerte.
Pero la vida se divide en etapas: podemos pasar de la felicidad más absoluta a dramas que creemos insuperables o a carencias insoportables, para después volver a empezar… negro, gris, un poquito menos gris, hasta pasar al blanco y, por fin, después de superar las pruebas, la vida vuelve a sorprendernos tiñéndolo todo de color de rosa… Y, una vez más, valoramos la brillante luz del sol.
También están las enfermedades. A veces nos atacan las físicas, que pueden tener remedio, o las mentales, que son difíciles de afrontar, no solo para el enfermo sino también para la familia. Pero para eso debería estar la medicina, los avances en el campo de la neuropsiquiatría; para eso está el Estado, que debe poner los medios necesarios y ayudar a las personas que, sin tener una economía saneada, necesitan de sus recursos y de sus cuidados.
El bienestar del ser humano debería ser la prioridad. Pero cuando se acumulan muchos fallos -la familia, el Estado- es más fácil quitarse un problema de encima, un gasto, una situación incómoda, que afrontar algo tan grave como lo que acabamos de vivir con Noelia Castillo, en el que han estado involucrados estamentos que no han sabido protegerla, familiares que no han sabido amarla y que han decidido tirar por lo fácil: la ley que aprobaron en su momento, la eutanasia. Una ley cuestionable que permite que una persona enferma, sin capacidad para tomar decisiones objetivas, decida quitarse la vida porque está metida en un agujero negro del que cree que no podrá salir.
Somos un país muy “avanzado”: el noveno donde existe una ley que permite poner fin a la vida de una persona de forma legal, ejecutándola con el código en la mano. Noelia, de 25 años, reunía los requisitos para acogerse a esa ley: ser mayor de edad, estar en plena capacidad y ser consciente de lo que pedía, tener una enfermedad más o menos crónica con sufrimiento “intolerable” y realizar dos solicitudes en un periodo determinado…

Tener dolor se podía paliar; sus intentos de suicidio, que la llevaron a estar semiparapléjica, se podían tratar con una atención constante que le permitiera evolucionar y fortalecerse psicológicamente, eso sí, con cuidados paliativos (uno de los problemas de la medicina en España).
Noelia Castillo ya no existe, aunque solo Dios debería quitar la vida. No la olvidemos. Que sea un ejemplo de lo que no puede volver a pasarle a un ser humano.
Aunque, desgraciadamente, Noelia y “sus problemas” ya pertenecen al pasado. Cuatro días son demasiado para una sociedad deshumanizada que pasa rápido a otro tema… Para muchos, morir o vivir, total, era su asunto.
Y, hablando de personas, a la vez que a Noelia se le aplicaba la “ley”, veíamos cómo salía de prisión “Amboto”, una ex jefa de ETA condenada a 400 años de cárcel por más de una docena de asesinatos. Ha cumplido 22 años y está “libre”: podrá salir durante el día y volver a dormir, y disfrutar de fines de semana fuera. Dicen que es una medida excepcional (¡y tan excepcional!). No sé si se ha arrepentido… ¿También se le ha aplicado la ley? Sus víctimas se removerán en sus tumbas y sus familiares dudo que puedan aceptarlo.
Pero… pasemos a otra cosa… siempre pasamos a otra cosa demasiado deprisa, sin pensar en los seres humanos.
Que si la muerte de Noelia, que si la excarcelación de la etarra, ayer Ucrania (bueno, ahí siguen guerreando), anteayer Venezuela -mandan los mismos-, Cuba… Los cubanos han salido a la calle a pedir la abolición del régimen comunista, pasando hambre, sin cubrir sus necesidades básicas, lo que les ha llevado a exigir el final del sistema. Porque el régimen comunista y socialista solo es bueno para sus líderes, que no se lo aplican, Nicaragua, Nigeria… etcétera.
Israel y Gaza, un conflicto que empezó en 1948 y que se intensificó en octubre de 2023, cuando el grupo palestino Hamás tomó varios puestos militares, invadió kibutz y llevó a cabo un ataque sorpresa contra el festival Supernova, en el que murieron más de 1.200 israelíes y extranjeros y 251 fueron tomados como rehenes y trasladados a Gaza… Ya casi nadie se acuerda de las víctimas.
Las consecuencias de ese ataque están siendo terribles para la población de Gaza, y algunos se quejan de que “está pasando al olvido” … Normal: hay otro conflicto. Ya no sois prioridad… Esta historia dura demasiado, ¿no? ¡Uf! A otra cosa…
Bla, bla, bla… hablamos mucho, pero actuamos poco. Estamos dispuestos a arreglar el mundo en un bar delante de una bebida. Pero sin pasarnos, porque si profundizamos en el sufrimiento de otros, puede que nos salpique. Así que todo queda en una charla banal, sin consecuencias.
¿Salir a la calle a manifestarse? Acuden cuatro, porque pensamos en lo que nos va a suponer posicionarnos delante de conocidos, amigos o incluso ante nosotros mismos. En realidad, ¿Qué nos importa Irán o cualquier guerra que nos saque de nuestra zona de confort? ¿Qué sacrificios estaríamos dispuestos a hacer? La mayoría, ninguno.
Ahora toca decir “no a la guerra” (personalmente creo que mejor “sí a la paz”), pero… ese “no a la guerra”, tan repetido por muchos políticos (porque les interesa), quizás debería ir acompañado de una pregunta previa: ¿han consultado a los iraníes si están de acuerdo con ese eslogan que utilizan tantos? ¿Cómo los llamo?… Desde la comodidad de sus mansiones…
Hace un mes, miles de iraníes salieron a la calle en Teherán para celebrar el ataque de EE.UU. e Israel y entonaron: “I love Trump”, dando saltos de alegría, porque necesitan recuperar sus derechos y su libertad, y no ven la manera de conseguirlo de forma pacífica, por ejemplo, convocando unas elecciones libres que nunca se darán en un régimen de auténtico terror como el de los ayatolás.
Hace casi un mes, el gobierno iraní reconoció haber “eliminado” exactamente a 3.117 opositores, aunque es una cifra irreal, porque según las ONG y los equipos de emergencia, los muertos pasan de 30.000… Las cárceles están a rebosar de presos supuestamente “políticos”, que es como se denomina a cualquier joven que sale a la calle a protestar por la situación del país.
¿Y los detenidos? ¿Alguien se puede imaginar lo que pueden estar sufriendo los que hayan quedado con vida?
Los iraníes viven en un permanente estado de desesperación, miedo e impotencia, sufriendo injusticias sociales, inmersos en una crisis económica que les asfixia desde hace décadas y que les ha obligado, sin remedio, a salir a la calle y enfrentarse a las fuerzas de seguridad, que les disparan con fuego real. Muchos han muerto aplastados por vehículos, una técnica que, al parecer, se ha vuelto habitual.
Represión: eso es lo que ejerce la guardia pretoriana de los ayatolás, que asesina a cualquier mujer por el solo hecho de llevar, según ellos, el velo islámico de forma incorrecta, como ocurrió con Mahsa Amini, una joven detenida en 2022 que murió bajo custodia de la policía de la moral iraní. O Melika Azizi, de 18 años, asesinada por protestar, y así miles más.
Hace unos días se ha dado a conocer una ejecución colectiva: tres jóvenes –Mehdi Ghasemi, Saeed Davoudi y Saleh Mohammadi– condenados a muerte en un juicio injusto, como no podía ser de otra manera, en el que se les negó el derecho a la defensa, tras ser declarados culpables de participar en la muerte de un policía. Por supuesto, confesaron bajo tortura. Entre ellos había un deportista, un campeón de lucha libre de 19 años que participaba en competiciones internacionales, que cometió el “fatídico error” de manifestarse para recuperar la libertad, algo intrínseco al ser humano.
Y siguen muriendo miles de personas que osan salir a las calles con la esperanza de conseguirlo…
EE. UU. e Israel siguen enfrentados a Irán en una guerra cuyo final es incierto, y que podría arrastrar a otros países. La Unión Europea está más desunida que nunca. Francia dice que hay que negociar y Sánchez lo tiene clarísimo: esto es una guerra ilegal. Así tiene tan contentos a los ayatolás que le han puesto su foto a un misil, como si fuera un influencer, y que, si quiere darse un garbeo por el paso de Ormuz para hacerse un selfie, puede hacerlo cuando quiera… incluso acompañado de Javier Bardem, que también es bienvenido.
En fin, parece que a nadie le interesan las personas, ni sanas ni enfermas. Total, ya que tenemos ley de la eutanasia, habrá que usarla. ¿Los ucranianos? Que dejen de dar la lata y que regalen el territorio de una vez a Rusia, que cansan con tanto quejarse. Y, chicos, si os estáis quedando sin fondos, tampoco os vamos a dar un préstamo… mejor ya reconstruiremos el país después, que será un buen negocio.
¿Y la jefa de ETA? Bueno, hagamos cuentas: estaba condenada a 400 años, que hay que dividir entre 12 asesinatos. En total le tocarían 33 años por cada uno de ellos. Ha cumplido 22, o sea que no ha pagado ni por uno… pero es que… en fin… ¡Ay! este Pedro…«¡Pedroooo!»
¿Y los cubanos? Con las playas tan bonitas que tenéis y el solazo que hace, ¿para qué queréis comer o tener electricidad? Además, estaréis contentos: acaba de visitaros Pablo Iglesias y un grupo de amigos. ¿Qué quién es? Pues ese, el comunista que fue exvicepresidente del Gobierno de España. Sí, hombre, el que se ha hospedado en el Bristol, un hotel de cinco estrellas de lujo (la habitación vale 200 euros por noche) faltaría más, donde se come muy bien y hay agua caliente y electricidad… lo mismo que tiene el pueblo.¡ Ah!, y ha estado de viaje humanitario…
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