10 de marzo de 2026

El cajón de Lady Pepa

Travel, Fashion, Beauty, Culture, Lifestyle… by María José Rasero

El centenario del Cine Verdi

Uno de los grandes referentes culturales del barrio de Gràcia cumple cien años. Los Cines Verdi se convierten así en el primer cine en activo en alcanzar un siglo de vida como símbolo representativo del séptimo arte en Barcelona.

Para celebrar el centenario se han organizado proyecciones gratuitas en bibliotecas de la ciudad, exposiciones fotográficas, la publicación de un libro conmemorativo y el documental La vida es Verdi, dirigido por Berta García Lacht y producido por Isabel Coixet. En él participan figuras como Richard Gere, la propia Coixet, J. A. Bayona y Albert Serra, entre otros.

El Verdi comenzó como sala de espectáculos y más tarde, bajo el nombre de Salón Ateneo Cine (1926), proyectó por primera vez Los náufragos del destino (Les naufragés du sort). Tras épocas complicadas, renació apostando por el cine en versión original subtitulada, consolidándose como uno de los grandes exponentes del cine de autor en la ciudad.

Durante los años 90 creció, se amplió a múltiples salas y se convirtió en un cine de barrio con proyección internacional. A pesar de las crisis, ha mantenido una programación estable, alcanzando los 500.000 espectadores y anunciando la apertura de dos nuevas salas para finales de 2026, poniendo el broche de oro a su centenario.

El cine como memoria personal

Mi primera película, la que aún permanece intacta en mis recuerdos, fue La pasión de Cristo. La vi una noche de verano en un cine al aire libre de mi pueblo en Extremadura. Mi madre y yo estábamos sentadas en los escalones de un pequeño campo de fútbol, tan cerca de la pantalla que casi podíamos tocar los clavos que atravesaban los pies y las manos de Jesús.

Ese verano todas las películas parecían tener temática religiosa: Ben-Hur, Los Diez Mandamientos… mezcladas con cintas de Marisol.

Aquella noche le pregunté a mi madre cómo podían estar matando a Jesús y que nadie hiciera nada. En mi inocencia estaba convencida de que las muertes eran reales. Ella me explicó que eran actores, que solo fingían morir. Yo no podía ni mirar; no lo entendía. Más tarde, viendo películas de guerra donde “mataban hasta al apuntador”, pensaba: como sigan así, no va a quedar gente en el mundo.

De regreso a casa nos detuvimos frente a otro cine donde proyectaban Canción de juventud, la primera película de Rocío Dúrcal. La gente debatía si era mejor que Marisol. Yo no sabía quiénes eran, pero me gustaba más la niña rubita. Quizás porque las vecinas me tocaban la cabeza y decían: “Mira, Pepi, eres igual de rubita que Marisol”.

Cuando emigramos a Barcelona vivíamos en Sants, rodeados de salas: el Liceo, Las Arenas, Gayarre, Bohemio, Palacio Balañá. En cada una daban dos películas por sesión, (menos en el Balañá, que daban solo una, casi siempre de estreno) seis al día. Así que veíamos seis películas semanales. Cada fin de semana era una peregrinación.

Nada de palomitas. Parábamos en una pastelería y comprábamos un pastelito en forma de pez relleno de nata que mordisqueábamos entre película y película.

El cine ocupó un lugar esencial en mi infancia y adolescencia. Como tantas niñas de la época, soñaba con ser actriz. Cuando lo decía se reían de mí: era tímida, vergonzosa. Mi abuela, en cambio, prefería el teatro y me llevaba a historias de amor medievales que empezaban mal y terminaban bien, castigando al malvado.

En cada película me identificaba con un personaje. Cuando terminaba, la realidad parecía no tener sentido. Crecí y seguí frecuentando los cines (ya comprometida) aunque por entonces no veía siempre la película completa.

Todas aquellas salas desaparecieron. Y con ellas, una parte de mi vida.

Hoy las salas están casi vacías. La sociedad ha cambiado sus hábitos: el cine se ve en casa. En la última década han cerrado numerosas salas, especialmente en grandes ciudades como Madrid y Barcelona. La pandemia aceleró un proceso que ya estaba en marcha.

Cada semana se estrenan una media de quince películas, pero solo las grandes producciones logran mantenerse en cartelera. El resto alimenta las plataformas de streaming, que necesitan contenido constante. Mientras la taquilla cae, aumentan las subvenciones públicas en un intento de sostener el sector.

Las salas nunca volverán a ser como fueron. Muchas se han transformado en restaurantes o tiendas. Otras renacen como espacios multifuncionales: proyecciones, eventos, conferencias. El cine deja de ser solo un lugar para ver películas y se convierte en un centro de reunión social.

Y, sin embargo, mientras haya una pantalla encendida en algún rincón de la ciudad, seguirá habiendo alguien que (como yo aquella noche de verano) crea por un instante que todo lo que ocurre allí es verdad. Fotos: María José Rasero

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