Hace unos meses estuve haciendo un reportaje en Calatayud, una población muy interesante. Cuando llegué me alojé en un hotel llamado El Mesón de la Dolores, así que fue imposible no recordar el refrán: «Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores», esa mujer guapa y “amiga de hacer favores”.
Como broma, se lo recité a la persona que me acompañaba (que, dicho sea de paso, era de Calatayud) y me explicó que, todavía hoy, hay personas mayores en el lugar que se ofenden si preguntas por la Dolores porque, teóricamente, “ensuciaba” la imagen de la ciudad, aun siendo bellísima.
Siendo un refrán tan popular, yo imaginaba a una mujer de “vida alegre” que habría escandalizado a sus vecinos por una supuesta vida disoluta. Pero no fue así. Ya se sabe lo que pasa en las ciudades pequeñas.

La pobre Dolores fue una mujer que vivió a mediados del siglo XIX una serie de vicisitudes con su padre, con su marido y también con vecinos del pueblo que menoscabaron su reputación acusándola de todo tipo de vilezas que no cometió. Quizás fue la envidia: para muchos era demasiado bella. Pero como no hay nada que dure cien años, hoy Dolores ha pasado de ser denostada a intocable, hija predilecta de la ciudad.
Esto pasa siempre. Hay gente que se dedica a difamar a otros porque sabe que quienes escuchan, por no involucrarse, no harán nada por comprobar si las críticas y calumnias son ciertas. Y el daño que hacen con su desinterés es terrible.
Estos criticadores de manual juegan con la falta de empatía, con la dejadez y con la maldad, y aprovechan en muchos casos su supuesta “superioridad” posicional para embarrar la reputación más transparente, porque están seguros de que nadie hará nada por llegar al fondo de la cuestión y comprobar si las acusaciones se ajustan a la verdad.

En estos casos, la mejor defensa sería un buen ataque. Todo llega a su debido tiempo, aunque a veces ese tiempo sea demasiado largo. La mayoría de las personas que sufren este tipo de agresiones saben cómo defenderse, porque bastaría con tener la misma mala leche para devolver el golpe. Pero a veces es mejor dejar que ellos mismos se envenenen con sus propias acciones.
Lo que no se paran a pensar es que estamos en la época de la comunicación, y todos tenemos a personas dispuestas a hacer con ellos lo mismo. Si se hiciera público su comportamiento, podrían quedarse sin cargos y sin amigos. No hay que olvidar que cada acción tiene consecuencias.
Hay gente que lleva una careta de bondad y nadie se plantea que puedan convertir a otros en blanco fácil de su maldad, sacando a la luz supuestos defectos o errores ajenos y “olvidándose” convenientemente de los propios. En fin, hay otro refrán que encaja perfectamente: «A Dios rogando y con el mazo dando».

¿Y por qué razones se suele intentar destruir la reputación de otros? Por falta de respeto, ambición desmedida y, sobre todo, envidia. Hay personas que quieren ser como otros, y eso nunca es posible, porque cada uno es singular. Podemos copiar gestos, peinados o estilos, pero nunca la esencia. Eso demuestra una enorme inseguridad personal. A ello se suman la burla, la calumnia, la difamación y la injuria, utilizadas en muchas facetas de la vida en beneficio propio.
Pero no solo personas anónimas pierden injustamente su reputación. Muchos personajes famosos han sufrido crisis reputacionales. Un ejemplo reciente es Julio Iglesias. Afortunadamente, cuenta con medios económicos para defenderse y llegar hasta el final. Ese final pasa por saber de dónde ha partido este linchamiento mediático y por qué. Una trampa con gravísimas consecuencias para su imagen.
Ni siquiera teniendo tanto dinero ha podido frenar (aunque lo estén intentando) las informaciones cada vez más insidiosas de un grupo de periodistas a los que claramente no les cae bien. Quizá en algún momento no les dio una entrevista o simplemente los miró “mal”. Se vengan por las cosas más banales, porque una cosa son los grandes grupos editoriales, que tienen que rendir pleitesía a quienes los sostienen, y otra muy distinta el colaborador mindundi que aprovecha cualquier ocasión para destacar con opiniones respaldadas únicamente por sus propias carencias profesionales y, por supuesto, personales.

Johnny Depp fue acusado injustamente de maltratador. Britney Spears sufrió durante años la abusiva tutela de su padre, Jamie Spears, que dañó gravemente su reputación al presentarla como una persona emocionalmente inestable. Keanu Reeves tuvo que defenderse de falsas acusaciones de un paparazzi que solo buscaba sacar dinero. Elizabeth Olsen fue tachada de racista tras utilizar el término “gitano” en una entrevista al describir un personaje, y así podríamos seguir con muchos otros casos.
En muchas ocasiones, con juicios y paciencia, la verdad acaba saliendo a la luz. Pero la mayoría de las personas no puede permitirse invertir tiempo, dinero y energía para que se haga justicia. De eso se aprovechan los desalmados que, escondidos tras una máscara de moralidad, causan un daño irreparable, porque cuando la gente habla mal de otros, aunque se demuestre que es mentira, no siempre rectifica. Y algo siempre queda.
La reputación es sagrada, y su “pérdida”, aunque sea de un miligramo, para mí es imperdonable, más que cualquier otra cosa.
Es en los medios de comunicación donde más reputaciones y vidas se destruyen, tratando asuntos gravísimos sin el menor escrúpulo ni sensibilidad, todo para proteger intereses propios.
Esto me recuerda cómo se trató la información sobre Daniel Sancho, nieto del fallecido actor Sancho Gracia e hijo de Rodolfo Sancho, condenado en Tailandia en agosto de 2024 a cadena perpetua por el asesinato premeditado, descuartizamiento, ocultación del cadáver y destrucción del pasaporte del cirujano colombiano Edwin Arrieta, en agosto de 2023.

El enfoque fue tal que parecía que el pobre Edwin Arrieta se hubiera asesinado solito. Su reputación quedó en entredicho porque, total, estaba muerto, y su asesino era un chico rubito, mono y nieto del bandolero Curro Jiménez. Como siguen las apelaciones, no sería raro que cuando salga de la cárcel lo veamos de tertuliano en cualquier cadena. ¿La familia Arrieta? Que se “fastidie”. Y si no, que no se hubiera enamorado del “guapito” Daniel.
Volviendo a Julio Iglesias, el cantante, desgraciadamente, no podrá evitar que en su biografía se añada que en los últimos años de su vida fue un… ¿cómo lo llamamos? Porque a mí, personalmente, sin ser su amigo, me duele utilizar los adjetivos durísimos que algunos se permiten en televisión.

¡Qué pena! Pero para eso está la justicia de los hombres que llega cuando puede y para quien puede. No es siempre justa ni accesible. Por eso, y aunque incomode, sigo creyendo en la divina, esa otra justicia que no necesita tertulianos ni cámaras de televisión, que no se compra ni manipula, que es gratis. Y creeré (porque me da la gana) que Dios, que lo ve todo, actuará en consecuencia. Porque no se puede hacer daño deliberadamente y salir indemne. Quien lo crea, se equivoca. La reputación es sagrada no se puede jugar con ella. Fotos: MJR y Facebook «El Mesón de la Dolores»
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El Cajón de Lady Pepa, es un espacio donde caben noticias de cualquier ámbito. En está página hablaré de temas que para mi sean interesantes al margen de si son o no actualidad. Es mi espacio, y quiero que sea un reflejo de lo que me apasiona, de lo que me molesta y lo que me sorprende. Me interesa la moda, me gustan los viajes, pero sobre todo admiro a las personas que con sus ideas e iniciativas ayudan a crear un mundo mejor.

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