Mirando una fotografía de Rocío Flores me he preguntado (supongo que por asociación de ideas) por qué damos por sentado que los miembros de una misma familia tienen que quererse. Al fin y al cabo, una familia se compone de varias personas unidas por parentesco, matrimonio u otros vínculos legales, pero eso no significa que emocionalmente estén unidas.
¿Por qué tenemos que querer a nuestros padres? ¿Por qué una madre tiene que querer necesariamente a su hijo solo porque lo ha traído al mundo, si quizá odiaba al padre, no deseaba tener hijos o ese embarazo fue fruto de un accidente, de la presión social, de convicciones religiosas, de un supuesto instinto maternal o de un proyecto de vida que nunca llegó a sentir como propio? Nadie lo sabe con certeza.
Seamos realistas: el parentesco no garantiza el amor.
Sabemos que hay madres que no quieren a sus hijos e hijos que no quieren a sus madres o a sus padres. Puede que no nos gusten como personas ni su manera de relacionarse con nosotros, a veces injusta, autoritaria o dañina, amparada únicamente en el hecho de habernos traído a este mundo.
¿Y los hermanos? ¿Qué es un hermano? ¿Una persona que ha nacido del mismo vientre y a la que eso te obliga a querer? No necesariamente.
Sin embargo, eso es lo que la sociedad espera de nosotros: que fomentemos la idea del amor incondicional dentro de la familia, una idea construida a base de normas sociales que alguien decidió convertir en doctrina. Pero aunque históricamente la familia haya sido un núcleo de cohesión y apoyo, no siempre se establecen relaciones sanas y positivas entre sus miembros.

Sin querer, he vuelto a pensar en Rocío Flores. No solo en ella, sino en las consecuencias emocionales y sociales que acarrea el desamor familiar. Porque a la familia “hay que quererla”, nos lo han grabado a fuego desde que nacemos, y cuando no sentimos ese amor creemos que somos seres desnaturalizados. Y, sin embargo, qué necesario sería para algunas personas poder prescindir de la relación con su familia para crecer mentalmente sanas y no condicionadas por vínculos tóxicos y asfixiantes.
Rocío Flores, la niña supuestamente “no amada” por su madre, es el resultado de lo que parecía una gran historia de amor entre Rocío Carrasco y Antonio David Flores, un joven guardia civil entonces anónimo.
Creo que la cuestión es esta: Rocío Carrasco no quiere a su hija porque odia a su exmarido, y sus hijos son la consecuencia de una etapa de su vida que parece querer borrar, aunque eso sea imposible. Rocío Flores está ahí, igual que su hermano David, y seguirá estando.
La dejadez de su madre no ha impedido que, con solo 29 años, Rocío Flores se haya convertido en una mujer mucho más madura de lo que corresponde a su edad
Una madurez forzada por los retos vitales que tuvo que afrontar debido a unos padres que la obligaron a crecer demasiado pronto, cuando debería haber estado jugando con muñecas.
Ella es el fruto del amor entre dos adolescentes. Rocío Carrasco, por entonces, era una joven sin un rumbo claro. Hija de dos figuras admiradas, la cantante Rocío Jurado y el boxeador Pedro Carrasco vivía una vida cómoda, sin exigencias ni responsabilidades, asistiendo a eventos, desfilando y colaborando en televisión. Todo le era dado sin que nadie le exigiera nada a cambio.
Un verano en Chipiona conoció a Antonio David. Entre playas, risas y chiringuitos creyó haber encontrado el amor de su vida. Corría el año 1978. Contra la opinión de sus padres, a los que les causo un profundo dolor y preocupación, se fue a vivir con él con apenas 18 años. Se casaron poco después, estando ya embarazada de Rocío Flores, y tuvieron más tarde a David. El matrimonio fue un desastre y apenas duró tres años.
Tras la separación, Rocío Flores, con solo tres años, se convirtió en moneda de cambio en una guerra interminable entre sus padres. Vivió conflictos que ningún niño debería vivir. Finalmente, se fue a vivir con su padre, con quien realmente quería estar.
Hoy, la relación con su madre es inexistente. Resulta difícil justificar el papel de Rocío Carrasco como madre, especialmente cuando uno de sus hijos padece una enfermedad genética y, aparentemente, también ha sido desatendido.
Muchos padres no saben separar sus rencillas de sus responsabilidades. Olvidan que los hijos no tienen culpa de sus errores ni de sus odios. En la vida debería mandar el corazón, no el resentimiento.
Ver a Rocío Flores en televisión es un ejercicio de coherencia, madurez y templanza. Con respuestas lógicas, desmonta uno a uno los ataques de tertulianos (la mayoría amigos de su progenitora) dispuestos a ridiculizarla. La presentan como una persona emocionalmente inestable, y rabian al comprobar que no lo consiguen.
Ha sufrido lo indecible viendo cómo su madre hacía públicos conflictos privados de cuando ella era menor. Situaciones cotidianas entre padres e hijos convertidas en espectáculo.
Para que a nadie le pase lo que le pasó a ella, una madre tiene que querer y priorizar a sus hijos.
La justicia, poco a poco, empieza a darles la razón. Ganan juicio tras juicio, desmontando el relato único que los convirtió en los “villanos” del reality protagonizado por Rocío Carrasco, donde ella se presentaba como una mujer víctima de maltrato psicológico. Nada más lejos de la realidad. Aunque las sentencias no les devolverán la reputación perdida, sí reconocen el daño causado.
Rocío Flores ha optado por una vida alejada del foco mediático. No quiso vivir, aunque lo intentaron, de su propia tragedia. Y, aun así, ha salido adelante con ayuda profesional, fuerza y dignidad.
Ella lo tiene claro: si algún día tiene hijos, nunca hará lo que hicieron con ella.
Y mientras tanto, la pregunta está en el aire: ¿Dónde quedan los hijos cuando los adultos a cambio de grandes sumas de dinero convierten su “dolor” en un espectáculo.
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